Por Amaury Sánchez
Politólogo
En política hay frases que se pronuncian para que las escuche el pueblo y otras que, aunque se digan frente a millones, llevan nombre y apellido. Claudia Sheinbaum dejó una de ellas al concluir su Segundo Informe de Gobierno:
“Que nadie se equivoque, aquí no hay divisiones, aquí no hay rompimientos”. Cuando un presidente necesita aclarar públicamente que nadie está dividido, conviene dejar por un momento las gráficas, guardar los aplausos y preguntarse quién anda peleando. Porque este fue quizá el mensaje político más importante de la ceremonia. No estaba en los billones recaudados, ni en el crecimiento, ni en los salarios, ni siquiera en Donald Trump. Estaba dentro de casa.
Sheinbaum llegó a la Presidencia acompañada por una duda que sus adversarios repitieron hasta el cansancio: si gobernaría ella o si Andrés Manuel López Obrador seguiría moviendo desde Palenque los hilos invisibles del poder. A casi dos años de distancia, esa pregunta empieza a parecer vieja. La Presidenta no ha roto con López Obrador —tampoco parece interesada en hacerlo— y conserva la arquitectura fundamental del obradorismo: programas sociales, recuperación salarial, rectoría del Estado, austeridad, nacionalismo energético y prioridad política para los sectores de menores ingresos.
Pero una cosa es conservar una herencia… y otra permitirse que los herederos administren la casa.
Los números, además, le permiten hablar con cierta comodidad. El salario mínimo ha recuperado alrededor de 154 por ciento de su poder adquisitivo desde 2018. La pobreza multidimensional disminuyó considerablemente. La inflación ha mostrado moderación y el empleo formal permanece en niveles elevados.
Y existe un dato particularmente importante: el promedio diario oficial de homicidios dolosos pasó de 86.9 en septiembre de 2024 a 42.5 en julio de 2026. Es una reducción cercana a la mitad.
Se puede discutir la estrategia de seguridad; se puede preguntar por las desapariciones, la extorsión, la impunidad o los territorios donde el crimen continúa imponiendo reglas. Todo eso debe hacerse. Pero reducir casi a la mitad el promedio diario de homicidios no puede despacharse diciendo simplemente que el gobierno manipula cifras. Si el dato se consolida, podría convertirse en uno de los resultados más importantes de la administración.
Con Omar García Harfuch, el gobierno parece haber desplazado gradualmente el centro de gravedad desde la contención política hacia una estrategia de inteligencia, investigación, coordinación y persecución de objetivos criminales. No significa que México esté pacificado; significa que hay resultados que merecen reconocerse. Porque criticar al poder no consiste en negar todo lo que hace, sino en impedir que aquello que hace bien sirva para esconder aquello que sigue haciendo mal.
Pero en las cifras presidenciales también viven los asteriscos.
La Presidenta presumió una Inversión Extranjera Directa de 34 mil 968 millones de dólares durante el primer semestre de 2026. Récord. Hasta ahí, aplauso. Pero uno aprende con los años que las estadísticas gubernamentales se parecen mucho a los contratos bancarios: lo más interesante suele venir en letra pequeña.
De esa inversión, aproximadamente 88.5 por ciento corresponde a reinversión de utilidades. Las inversiones nuevas representan apenas alrededor de 7.8 por ciento. La diferencia es enorme: una cosa es que quien ya tiene la fábrica decida quedarse y otra muy distinta es que afuera haya empresarios haciendo fila para construir nuevas plantas.
También se habló de un crecimiento del PIB de 1.4 por ciento. El número existe, pero la fotografía macroeconómica no oculta el problema de fondo: crecemos poco. Reducir pobreza constituye un logro, pero no existe programa social capaz de sustituir indefinidamente el crecimiento económico.
Y luego están los 33 millones de trabajadores que observan la llamada “primavera laboral” desde la informalidad. Más de la mitad de la población ocupada. El trabajador informal también compra tortilla, paga renta y se enferma, pero lo hace sin seguridad social ni pensión. La primavera existe, el problema es que millones siguen mirándola desde afuera.
Entonces llegó la frase destinada a cruzar el Río Bravo:
“La soberanía no se negocia, no se entrega y no se comparte”.
Ésa sí llevaba destinatario: Donald Trump. Sheinbaum agregó que “cooperación no significa sometimiento”. México y Estados Unidos comparten comercio, fábricas, migración, inteligencia, narcotráfico, armas y una frontera de más de tres mil kilómetros. Se necesitan, pero no en las mismas proporciones. La habilidad de Sheinbaum no consiste en gritarle a Trump desde una tribuna, sino en negociar sin permitir que Washington interprete la cooperación como subordinación. La soberanía no se mide por el volumen con que se grita “¡Viva México!”, sino por lo que se logra conservar en la mesa de negociación.
Pero salgamos de Palacio Nacional y vengamos a Guadalajara.
Porque el ciudadano de la Zona Metropolitana no desayuna PIB, no llena cubetas con inversión extranjera y no tapa un bache con soberanía nacional.
Un habitante de Guadalajara puede reconocer el aumento al salario mínimo y, al mismo tiempo, padecer agua turbia. Puede recibir una pensión y tener miedo de que desaparezca un familiar, o tardar dos horas en atravesar la ciudad. Tampoco todo es culpa de la Federación —Palacio Nacional no administra el SIAPA ni tapa los baches locales—, pero tampoco se puede proclamar una prosperidad compartida mientras la cotidianidad urbana padece servicios deficientes.
Jalisco merece además una pregunta particular: somos potencia agroalimentaria en leche, huevo, carne y agave, pero México continúa importando millones de toneladas de maíz amarillo. ¿Puede existir soberanía política completa sin soberanía alimentaria? Para el campo jalisciense esto no es una discusión académica; afecta directamente a los productores y a la mesa de cada familia.
El Informe deja en claro la existencia de tres realidades simultáneas:
* La República oficial: Salarios más altos, menor pobreza, transferencias sociales, inversión récord y reducción relevante en homicidios.
* La República incómoda: Informalidad superior al 50 por ciento, crisis de desaparecidos, extorsión, crecimiento modesto y fallas en servicios básicos.
* La República del poder: Claudia Sheinbaum parada frente a su propio movimiento diciendo honestidad, humildad, unidad y autoridad moral.
“La autoridad política y moral se escribe todos los días”, advirtió la Presidenta. No fue poesía; fue disciplina. Morena se aproxima a 2027 y, cuando un movimiento lo gobierna casi todo, las disputas más encarnizadas no son contra la oposición, sino hacia dentro. El mensaje de “no hay divisiones” significa en realidad: pueden competir, pero nadie está por encima del proyecto ni de la Presidenta.
Claudia Sheinbaum llegó como heredera de López Obrador; hoy empieza a comportarse como Presidenta. No necesita romper con su antecesor para demostrarlo: puede preservar su legado y, simultáneamente, dejar claro que el mando cambió de escritorio.
Trump recibió su mensaje, los gobernadores el suyo y Morena entendió la lección. Porque en la política mexicana el poder rara vez necesita gritar. Cuando la Presidenta necesita recordarle públicamente a los suyos que deben permanecer unidos, lo verdaderamente interesante no está entre quienes aplauden… sino en descubrir quién entendió que la Presidenta ya mandó el mensaje.




