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La estudiante coreana

NOTA DEL EDITOR

Por Alfonso Gómez Godínez

Hace algunos años tuve la maravillosa oportunidad de tener como alumna a una brillante chica de Corea del Sur. Durante el semestre mostró un insaciable interés por conocer sobre la economía mexicana. Desde un principio mostró sus cualidades como estudiante; asistencia y puntualidad, concentración y participación en clase, rigurosa en sus tareas y entregadas en la fecha señalada. Discreción y claridad en sus objetivos en clase.

Al final del curso, los resultados fueron los esperados. Obtuvo una calificación por encima del resto de sus compañeros. Durante el semestre siempre me pregunté muchísimas cosas sobre su origen y motivaciones para estudiar en Guadalajara, dado que como economista siempre he sentido una admiración, cargada de interrogantes, por Corea del Sur.

La más relevante de mis inquietudes tiene que ver con las razones por las que Corea del Sur saltó al desarrollo y a la prosperidad económica en un espacio de pocas décadas.  El tiempo ha pasado, inclusive tuve la oportunidad de dar clase a distancia para una universidad coreana, y esas interrogantes siguen vivas.

Mi estado de ánimo se transforma cada vez que reconozco que al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Corea del Sur era un país de campesinos pobres, con trágicas hambrunas, catalogado en pobreza extrema, mientras que México tenía una economía y un nivel de vida muy superior a esa nación, por ejemplo, en 1950, el PIB de México era el doble del PIB de Corea del Sur y similar al de Japón (Maddison Proyect).

Los años pasaron y como en un maratón el corredor coreano iba detrás de nosotros se nos fue acercando hasta alcanzarnos para que, a fines del siglo XX y principios del XXI, nos rebasara y hoy se nos ha perdido de vista en el horizonte.  Ya no los vemos, alcanzó una velocidad y un ritmo de crecimiento económico muy superior al nuestro. Con datos de la consultora ISI Markets, el PIB per cápita de Corea del Sur llegó en 2025 a los 36, 232 USD, mientras que en México fue en 2024 de solo 13 922 USD.

Lo anterior se vincula con la estudiante coreana. Sin duda que fueron las transformaciones y los esfuerzos desplegados en materia educativa los que han impulsado en gran medida el éxito de económico, industrial y tecnológico de Corea del Sur.

Los coreanos le entraron con seriedad para transformar su nivel de vida con énfasis en la educación.  La tarea fue mayúscula ya que en 1945 solamente el 20% de los niños asistían a escuela primaria, a la vez que menos del 5% de los adultos habían terminado la primaria y solo el 22% de los mayores de 15 años sabía leer y escribir. (Lucien Ellington, Universidad de Tennessee)

Esa transformación educativa es consecuencia de un enfoque sistémico donde todos ponen su parte y su compromiso. Quizás suene simplista, pero veamos el ABC. El Estado, más que el gobierno, asume a la educación como una prioridad con una visión de largo plazo. La trascendencia de la educación va a ser asumida por toda la sociedad como el instrumento de sobrevivencia, primero en un mundo hostil militarmente con vecinos beligerantes como Japón, China y Corea del Norte, y ahora en un mundo globalizado y de intensa competencia. Nada que ver con México donde los proyectos educativos son sexenales, truncos e incompletos y, en algunos casos, ocurrentes y atados a fines políticos y partidistas.

Esta visión sobre la educación va a impactar al interior de las familias coreanas donde padres e hijos adquieren con claridad el significado y pertinencia de la educación. Ir a la escuela no es una rutina diaria, no es una actividad más de la semana; por el contrario, es un asunto que valoran con pleno conocimiento de que será determinante en el destino que tendrán sus vidas. Es una tarea que se asume con una férrea disciplina, altas exigencias y por supuesto con enormes esfuerzos.  Decidir venir a México por parte de esa joven coreana significó largas charlas con sus padres sobre la pertinencia de esa decisión. Me confesó que detrás de esa decisión también estaba la empresa para la que trabajaba su padre y el propio interés del gobierno coreano en la perspectiva de que esa empresa se estableciera en México como finalmente sucedió. Todo planeado, con objetivos y metas de interés nacional, de competencia y beneficio económico.

 Aquí, en México, sin pudor nos atrevemos a recortar el calendario, ampliar los días de descanso, a reducir el significado de la escuela a una guardería, a aceptar públicamente que en las últimas semanas del ciclo escolar ir a la escuela es a perder el tiempo. Para la estudiante coreana su día escolar abarcaba el tiempo en aula, en la biblioteca y en su casa, hasta altas horas de la noche. No comprendía porque sus compañeros eran tan laxos en sus horas de estudio.

Finalmente, recuerdo el rostro intenso de curiosidad y ganas de aprendizaje que reflejaban en la pantalla de zoom mis alumnas y alumnos al conectarse desde su universidad en Corea del Sur para aprender sobre economía mexicana. Ahora me pregunto sobre las diferencias nos separan, sobre la brecha que se agranda, lo qué nos falta y sobre todo lo que tenemos que hacer en materia educativa con imperiosa urgencia.

 

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