Opinión Política
EDUCACIÓN E HISTORIA

La caída de Maximiliano

El Emperador se había refugiado en Querétaro, donde fue hecho prisionero por Mariano Escobedo.

 

Por Alfredo Arnold

El viernes pasado se cumplieron 159 años de la rendición de Maximiliano de Hamburgo ante el general Mariano Escobedo, quien dirigió, en la ciudad de Querétaro, el ataque contra las fuerzas que encabezaba el príncipe austriaco que durante tres años encabezó el gobierno de México.

La situación de Maximiliano ya estaba muy comprometida. La mayor parte de su ejército, que en la práctica dependía de Napoleón III, había regresado a Europa debido a la difícil situación en la que se encontraba el emperador francés.

Aunque se respiraba un ambiente de cierta paz en la capital mexicana, las fuerzas leales a la República no dejaban de realizar ataques contra Maximiliano, quien, al quedarse sin el apoyo militar suficiente, se refugió en Querétaro donde fue aprehendido y posteriormente juzgado y fusilado en compañía de sus dos generales más cercanos: Tomás Mejía y Miguel Miramón.

Resultaron infructuosos los esfuerzos personales de la emperatriz Carlota, quien se había ido a Europa en busca de la ayuda de Napoleón III y posteriormente al Vaticano, donde se cree que llegó ya afectada de sus facultades mentales.

El fusilamiento de Maximiliano permitió el regreso del Presidente Benito Juárez, quien se había retirado a la frontera (a Paso del Norte, hoy Ciudad Juárez) y con ello se restauró el gobierno constitucional.

A continuación, la narración de la rendición de Maximiliano, tomada del texto de Doralicia Carmona, de su “Memoria Política de México”:

15 de Mayo de 1867. A las tres de la mañana de hoy, el Coronel imperialista Miguel López guía a las tropas republicanas encabezadas por el general Vélez para ocupar el convento de la Cruz, el más fuerte bastión imperialista de Querétaro, lo que significa la caída de la ciudad. La guarnición es sorprendida y hecha prisionera. Al darse cuenta, los imperialistas se repliegan al Cerro de la Campana, pero son batidos eficazmente por la artillería republicana y se retiran en gran desorden. Las campanas del convento repican y comienzan a salir de la ciudad algunas columnas de caballería con dirección al mismo cerro. Las fuerzas republicanas avanzan a su encuentro, pero en lugar de hacer fuego, prorrumpen en vivas a la República. Entonces se presenta un comisionado de Maximiliano y se acuerda un alto al fuego.

Como a las ocho de la mañana, se desprenden unas columnas de ese mismo cerro y se presenta ante el general Ramón Corona, Maximiliano con sus generales Castillo y Mejía, cuentan que le dice: «General aquí tiene usted mi espada, ya no soy Emperador” (al salir de México, había depositado con el Sr. Lacunza, su abdicación). “Si se necesita una víctima aquí estoy”. A lo que el general Corona le contesta: «Es usted digno de conservar su espada como hombre valiente, pero Emperador nunca ha sido”. Asimismo, le ofrece garantías en tanto llega el general en jefe.

Mientras esperan la llegada del general Escobedo al aire libre y bajo un intenso frío, el general Corona comenta a Maximiliano: «Está usted temblando, Maximiliano”, quien responde: «Sí, pero no de lo que usted cree, general”.

Al llegar el general Mariano Escobedo, Maximiliano le entrega su espada y le pide se le conceda trasladarse a Europa. Escobedo le informa que: «No es a mí a quien corresponde disponer de los prisioneros, sino al gobierno de la República”.

Por la tarde, el general Escobedo rinde un parte telegráfico notificando la caída de Querétaro y la aprehensión de Maximiliano, Castillo y Mejía, pues Miramón ha logrado ocultarse. Más tarde, por la delación del Dr. Licea, será también apresado.

El día anterior, Maximiliano y sus generales Miguel Miramón, Tomás Mejía, Manuel Ramírez de Arellano y Severo del Castillo quien fungía como Jefe de Estado Mayor, habían concluido que no era conveniente capitular, porque el Gobierno nacional no respetaría lo que se pactara, por lo que acordaron atacar al Ejército republicano y si fueran derrotados, «evacuar inmediatamente la plaza, inutilizando primeramente la artillería y todos los trenes, rompiendo después el sitio a todo trance, único medio de salvar de la barbarie del enemigo al mayor número de soldados del Ejército imperial”… quedó decidido que la salida había de efectuarse a las tres de la madrugada del día 15. Sin embargo, en una nueva reunión, Maximiliano decidió entregar la plaza de Querétaro para evitar un ya inútil derramamiento de sangre.

Al día siguiente, 16 de mayo, ya prisionero, el Archiduque pedirá al general Escobedo trasmita al Gobierno un telegrama en que aclarará que presentó su abdicación en la primera mitad del mes de marzo ante el Presidente del Consejo de Estado, José M. Lacunza, con orden de que fuese publicada en cuanto cayera legalmente prisionero; reiterará que si es necesaria alguna víctima, lo sea la de su persona; solicitará que sea bien tratado su séquito y servidumbre; y expresará que no desea otra cosa que salir de México, por lo que espera que se le dé la custodia necesaria hasta embarcarse. Juárez dispondrá que sea juzgado junto con Mejía y Miramón por un Consejo de Guerra, conforme a la Ley de 25 de enero de 1862.

Termina así el imperio que tanta sangre y recursos costó a la nación mexicana. «El siglo XIX es el gran siglo de las conquistas europeas en África, Asia, Indochina, grandes partes del Medio Oriente; y el único país que supo resistir fue México», señaló el historiador Friedrich Katz. La magnitud de la victoria explica que los días como hoy, en que se reafirma la soberanía nacional, la Bandera sea izada a toda asta.

 

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