NOTA DEL EDITOR
Alfonso Gómez Godínez
Los recientes acontecimientos globales y locales nos confirman que la violencia de alto impacto, dijera el clásico, recorre el mundo. Hace tiempo dejó de ser un acontecimiento lejano, por el contrario, ahora en el momento menos previsto transita por calles aledañas, toca a los cercanos y husmea por nuestras puertas.
A través de los años se diluyen los paradigmas y las utopías. La ONU cada vez es un cascaron hueco y sus sueños por un mundo de paz, cooperación y solidaridad languidecen; nadie duda que hoy impera el Leviatán, un poder univoco e incuestionable que conduce férreamente el guion de los arreglos internacionales. La era de paz mundial que algunos como Fukuyama profetizaban al caer el bloque socialista quedó en la banalidad, en lo insustancial.
El resquebrajamiento del derecho internacional nos conduce a un laberinto cuyas entrañas nos dejan pasmados y/o aterrorizados. Ya son dos fines de semana consecutivos donde la violencia foránea (Medio Oriente) y en casa muestra fríamente su rostro y su narrativa. Violencia que arrebata vidas, cancela proyectos de vida y diluyen patrimonios. Raúl Flores, Simón Madrigal, Eduardo Gómez y Miguel Ángel de la Torre exploran esos terrenos.
En ese contexto, en múltiples lugares la democracia está bajo una intensa presión. Líderes que la ignoran, les estorba y la echan al precipicio. Ciudadanos que le piden lo imposible, le exigen milagros sin la correspondiente pleitesía, respeto y acatamiento a su normativa. La democracia apunta a la contención y eliminación de la violencia, pero en otro sentido, la violencia corroe a la democracia. Miremos los textos de Carlos Eduardo y Álvaro Martínez.
Sí la democracia nos iguala ante la ley, la violencia nos divide entre fuertes y débiles; la deliberación es sustituida por la imposición, la racionalidad por la furia y el desencanto nos confunde y equivocadamente la agraviamos y nos alejamos de ella.
La democracia se encuentra bajo presión al utilizarla para llegar al poder y negarla desde el mismo. La incongruencia entre el decir y el hacer. La democracia establece reglas del juego para el acceso al poder, bajo esa premisa nos avisan desde diversas trincheras que se ha diseñado una propuesta de Reforma Electoral que quita piso parejo, que alienta la hegemonía del partido en el poder. Una Reforma Electoral que, también nos advierten, bajaría la calidad democrática de los procesos electorales. Como nación pagamos altos costos para transitar a las alternancias partidistas sin exabruptos Revisemos las reflexiones de Javier Hurtado, Juan Carlos Hernández y Ángel Nakamura.
Pero no solamente se trata de consolidar reglas del juego parejas para disputar democráticamente el poder, también implica reconocer que la democracia puede tener una puerta tan grande que muchos pueden acceder al poder cargando cartas y credenciales que no garantizan eficiencia, honestidad y responsabilidad. Cuidar y fortalecer a la democracia también implica elevar la calidad de la clase política, de los grupos en el poder. La calidad de la representación popular es una cuestión que aflora todos los días; la frivolidad trasladada al selfie, los discursos huecos, la ocurrencia convertida en propuesta dominan la escena pública.
La democracia se vacía ante las debilidades, tentaciones e incapacidades del representante popular, del funcionario o administrador del recurso público. Lo anterior se agrava sí le sumamos la insolencia, soberbia e impunidad. Ismael Zamora y Carlos Anguiano abordan dicha temática.
En México la democracia se encuentra en tensión, no nos confundamos con los niveles de votación y las encuestas de aprobación. Simplemente pasemos lista a la cantidad de problemas que agobian la agenda pública y que reclaman más que recursos económicos, capacidades gubernamentales para enfrentarlos. Edith Huerta, Abril de María puntualiza con profundidad los contenidos de esa agenda.
Existe esperanza, atisbamos la salida del túnel, sí ahí están. El binomio educación y juventud abren esa posibilidad. Erika Anay, Diana Isabel y Alfredo Arnold nos conducen al respecto. La democracia no es abstracta, se mueve y camina con actores, activos y comprometidos. La democracia representa valores.
Las crisis son oportunidades, porque lo que no sirve tiende a morir y se abre el espacio a construir algo mejor.



