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El AMG y sus profesionistas “Tapatiesos”

Por Dra. Abril de María Ledesma Zermeño

Tecnóloga en Construcción, arquitecta y abogada

Hay algo extraño en el ejercicio profesional “tapatieso” -particularmente en la acartonada arquitectura-: hablamos muchísimo de gremio y bastante poco de fraternidad. Nos encantan los colegios, las asociaciones, los consejos, las cámaras, las academias, las redes, los encuentros y cualquier otra estructura cuyo discurso comience diciendo que estamos ahí para fortalecernos mutuamente. Nos tomamos la fotografía, intercambiamos tarjetas, pronunciamos algunas palabras sobre la importancia de hacer comunidad y después regresamos rápidamente a guardar bajo llave toda pista que otro pueda aprovechar y a competir por quién sabe más, quién conoce a más gente, quién tiene el mejor proyecto y, sobre todo, quién merece reconocerse.

Somos extraordinariamente gremiales mientras esto no implique compartir demasiado. Porque compartir clientes, contactos o información, aún se percibe como una pérdida muy costosa. Recomendar a alguien o reconocer y dar crédito públicamente a una buena idea ajena cuesta muchísimo. Y ceder un espacio para que aparezca alguien nuevo parece, para algunos, directamente insoportable y a veces, esto empeora todavía más entre géneros distintos. Tenemos poca fraternidad entre profesionistas.

Y se nota especialmente cuando aparece alguien emergente, apasionado y talentoso -de esos que tanto necesitan las ciudades, especialmente el AMG-. Ahí comienza uno de nuestros deportes tapatíos profesionales favoritos: explicarle lo que todavía le falta, en lugar de enaltecer las fortalezas. Señalarle al emergente que le falta experiencia, trayectoria, calle, obra, clientes, publicaciones, contactos, tablas, colmillo o cualquiera que sea la unidad de medida que resulte conveniente para mantenerlo unos años más en la banca. Pero, además, recordarle constantemente cuál “debe” de ser su lugar. Curiosamente, rara vez existe un momento preciso en el que oficialmente deje de faltarle todo eso y se le explique cómo puede moverse de donde empezó. Auténticamente existe poca mentoría fraterna porque quizá el problema nunca fue lo que le faltaba. El miedo era a lo que ya tenía: talento.

El talento emergente puede resultar profundamente incómodo para quien construyó su identidad profesional alrededor de ser imprescindible. Entonces aparece el profesional “yo-yo”. No el juguete, aunque a veces también dé vueltas sobre sí mismo, sino el personaje que posee la extraordinaria capacidad de convertir cualquier conversación en autobiografía.

Si hablamos de un proyecto, él hizo uno. Si mencionamos a alguien, él lo conoce. Si surge una institución, él estuvo ahí. Si alguien propone una idea, él ya la había pensado. Como si eso fuera argumento suficiente para dificultarle el camino al siguiente, hemos convertido el sufrimiento profesional en una especie de patrimonio intangible que debe heredarse.

Si yo trabajé gratis, tú también. Si nadie me recomendó, nadie debería recomendarte. Si tardé veinte años en conseguir reconocimiento, resulta sospechoso que tú lo obtengas en cinco. Si soporté humillaciones, abusos y jornadas absurdas, tu negativa a soportarlos demuestra que tu generación carece de carácter. La frase “a mí nadie me regaló nada” suele pronunciarse con orgullo, cuando en muchas ocasiones debería decirse con tristeza. Porque quizá alguien que pudo, debió ayudarnos. Quizá alguien debió enseñarnos sin humillarnos, recomendarnos sin cobrarnos obediencia, presentarnos a una persona importante, advertirnos un error, compartirnos una oportunidad o simplemente pronunciar nuestro nombre en una mesa en la que todavía nadie sabía quiénes éramos. Que no haya ocurrido no convierte aquella carencia en un método pedagógico digno de conservar.

La experiencia debería servir precisamente para ayudar a los emergentes a reducir errores y acortar caminos. De otra manera, cada generación estaría condenada a comenzar exactamente desde el mismo sitio y cometer exactamente las mismas equivocaciones. Eso no es formar profesionistas, es administrar obstáculos. También tenemos otra costumbre particularmente desagradable: la generosidad selectiva. Somos generosos con quien no representa amenaza alguna o simplemente porque infla nuestro ego. Orientamos con entusiasmo al estudiante, ayudamos al recién egresado y aconsejamos al principiante mientras permanezca suficientemente lejos de nuestro territorio profesional. El problema aparece cuando aquella persona comienza a destacar. Entonces la mentoría puede transformarse súbitamente en competencia. En esos escenarios, ya no compartimos tanto, ya no presentamos tantos contactos, mejor omitimos mencionar su nombre, mejor la ponemos en la sombra.

Y, en los casos más mezquinos, comenzamos incluso a apropiarnos discretamente de sus ideas, minimizar sus aportaciones o recordar frente a terceros que “todavía está empezando”. Qué curioso concepto de liderazgo aquel que funciona perfectamente mientras nadie alrededor pueda alcanzarnos y menos, rebasarnos. La fraternidad profesional debería comenzar precisamente cuando el talento ajeno se aproxima al nuestro. Porque reconocer a alguien que jamás podrá competir con nosotros es sencillo. Reconocer a quien puede superarnos requiere una seguridad profesional bastante distinta. Ahí se distingue a quien tiene trayectoria de quien solamente tiene territorio.

El primero comparte conocimiento porque sabe que hacerlo no disminuye lo que sabe. El segundo protege información, contactos y espacios porque sospecha que su posición depende de que otros no tengan acceso a ellos. Uno construye comunidad mientras que el otro construye aduanas. Y esto tampoco es únicamente un problema moral. Tiene consecuencias profesionales concretas.

Cuando los gremios se cierran sobre sí mismos, las ideas circulan menos, las generaciones dialogan menos y las oportunidades terminan concentrándose alrededor de las mismas personas. Se confunde experiencia con autoridad permanente y renovación con amenaza. Después nos preguntamos por qué los jóvenes no quieren participar en colegios, asociaciones o instituciones profesionales. Quizá habría que preguntarles cuántas veces llegaron llenos de entusiasmo a una mesa y descubrieron que las sillas ya tenían dueño.

También debemos reconocer que la fraternidad funciona en ambos sentidos. Ser emergente no concede automáticamente talento ni razón. Quien comienza tiene la responsabilidad de estudiar, trabajar, escuchar, equivocarse, corregir, respetar el conocimiento acumulado y comprender que la experiencia auténtica no puede sustituirse con entusiasmo. Pero respeto no significa subordinación como tampoco la experiencia significa necesariamente superioridad. Cumplir años ejerciendo una profesión demuestra indiscutiblemente que ha transcurrido el tiempo, Lo verdaderamente relevante es qué hicimos con ellos. Porque hay profesionales con cinco años de experiencia y otros con un año de experiencia repetido treinta veces.

Quizá deberíamos empezar a medir la consolidación profesional de otra manera. No solamente por los proyectos realizados, los cargos ocupados, los premios recibidos, las publicaciones acumuladas o la cantidad de personas importantes que aparecen en nuestra agenda, sino también por aquello que nuestra trayectoria produjo alrededor. ¿A quién enseñamos? ¿A quién recomendamos? ¿A quién presentamos? ¿A quién defendimos cuando no estaba en la habitación? ¿De quién reconocimos públicamente una buena idea? ¿A quién cedimos una oportunidad porque sabíamos que podía aprovecharla mejor? ¿A quién ayudamos a evitar un error que nosotros tuvimos que aprender de la peor manera? Esas preguntas quizá digan bastante más sobre nuestra verdadera estatura profesional que cualquier currículum.

Porque llega un momento en toda trayectoria en que acumular reconocimientos propios comienza a resultar menos interesante que producir condiciones para que aparezcan otros. No significa regalar posiciones ni fabricar éxitos artificiales. Nadie necesita que le obsequien la cima. Significa simplemente dejar de esconder la escalera.

Las profesiones avanzan cuando cada generación entrega a la siguiente un punto de partida un poco mejor que el que recibió. Cuando comparte conocimiento sin exigir veneración, cuando abre espacios sin pedir obediencia y cuando entiende que formar a alguien capaz de superarnos no constituye un fracaso de nuestra trayectoria, sino probablemente una de sus mejores consecuencias.

Nos gusta llamarnos colegas, pero deberíamos detenernos alguna vez a pensar qué significa realmente esa palabra. Coincidir en una profesión nos convierte en profesionistas, tener una cédula nos acredita, pertenecer a una asociación nos vuelve miembros, pero ninguna de esas cosas nos convierte automáticamente en comunidad. La comunidad comienza cuando entendemos que el éxito del otro no nos despoja del nuestro y que abrir una puerta no disminuye el mérito de quien tuvo capacidad para atravesarla. Mientras no comprendamos eso, podremos seguir organizando congresos, tomando fotografías de grupo, intercambiando reconocimientos y pronunciando discursos sobre la unidad del gremio. Eso será gremialismo. Fraternidad es otra cosa y es mucho más necesaria y trascendente.

 

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