Opinión Política
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Cuando educar se vuelve urgente

Por Carlos E. Martínez Villaseñor

Abogado

El Día del Maestro llegó este 15 de mayo en medio de una discusión que jamás debió existir: la posibilidad de modificar el calendario escolar para ampliar el periodo vacacional derivado del Mundial de Futbol 2026 y de las altas temperaturas en distintas regiones del país, la mención fue “por el calor”. La sola idea provocó una reacción inmediata en la sociedad mexicana, particularmente porque evidenció algo mucho más profundo: la fragilidad con la que todavía se toman decisiones sobre la educación pública nacional.

La polémica no fue menor. Durante reuniones nacionales de autoridades educativas, los titulares estatales de educación firmaron documentos donde se avalaba la posibilidad de ajustar el calendario escolar, reduciendo el tiempo efectivo de clases, específicamente 3 meses de vacaciones para los estudiantes, bajo el argumento del calor extremo y la logística mundialista. Entre quienes aparecieron respaldando esa postura estuvo también la representación educativa de Jalisco. Sin embargo, conforme la discusión escaló públicamente y la inconformidad social se volvió evidente, comenzaron los deslindes políticos.

En el caso de Jalisco, el gobernador Pablo Lemus Navarro reaccionó rápidamente y fijó una postura completamente distinta a la promovida inicialmente desde la estructura educativa nacional. Señaló públicamente que en el estado sería inadmisible extender las vacaciones por un periodo semejante y dejó claro que únicamente los días en que se celebren partidos del Mundial en territorio jalisciense, podrían ajustarse las actividades escolares. Fue, en términos políticos, una corrección inmediata a la postura que previamente había sido respaldada por el propio secretario estatal de educación en aquellas reuniones nacionales, vaya tropiezo.

Y ahí apareció uno de los mayores errores de fondo de toda esta discusión: la narrativa promovida desde la SEP federal. El secretario de Educación Pública, Mario Delgado Carrillo, intentó justificar la propuesta argumentando no solo el Mundial, sino también las altas temperaturas que enfrenta el país. El problema es que esa explicación terminó resultando todavía más preocupante. Porque si el sistema educativo mexicano no puede garantizar condiciones adecuadas para impartir clases frente al calor, entonces el debate ya no es el calendario: es el abandono histórico de la infraestructura educativa nacional.

México no puede darse el lujo de reducir semanas efectivas de aprendizaje, cuando arrastra uno de los mayores rezagos educativos de las últimas décadas.

Según los resultados de PISA 2022, el país continúa por debajo del promedio de la OCDE en matemáticas, lectura y ciencias. Apenas una tercera parte de los estudiantes mexicanos logra niveles básicos de desempeño matemático, mientras millones de jóvenes presentan dificultades severas de comprensión lectora y razonamiento lógico. Por eso la reacción social fue tan contundente. La sociedad entendió algo elemental: ampliar las vacaciones escolares hasta acercarse a un periodo de casi tres meses era simplemente inaudito. No se trataba solamente del futbol. Era el mensaje institucional que se enviaba. En un país donde el rezago educativo creció tras la pandemia, donde miles de escuelas aún enfrentan problemas de agua potable, electricidad, ventilación y conectividad, pensar en disminuir todavía más el tiempo efectivo de aprendizaje resultó ofensivo para millones de familias.

Y justamente ahí aparece otra contradicción nacional. México suele discutir la educación desde la política y no desde el aprendizaje. Se debate el sindicato, la plaza, la reforma, el presupuesto, la protesta, el calendario o la narrativa ideológica; pero pocas veces el centro real de la conversación son los alumnos. Y esa omisión tiene consecuencias profundas.

Las recientes movilizaciones de la CNTE vuelven a colocar presión sobre el sistema educativo. El magisterio disidente mantiene exigencias históricas relacionadas con pensiones, condiciones laborales, eliminación de mecanismos de evaluación y aumentos salariales. Muchas de esas demandas tienen sustento legítimo. El problema aparece cuando la educación termina atrapada entre la confrontación política permanente y la incapacidad institucional para construir acuerdos duraderos. México necesita entender algo con absoluta claridad: no puede existir una educación fuerte contra los maestros, pero tampoco puede existir una educación moderna donde el alumno quede relegado frente a la lógica de presión política constante. La prioridad nacional tendría que ser el aprendizaje real.

El desafío además ya cambió radicalmente. Hoy la discusión educativa mundial no gira solamente alrededor de cobertura escolar. El verdadero debate internacional se centra en cómo formar estudiantes capaces de adaptarse a la inteligencia artificial, la automatización y la transformación digital del trabajo. Mientras otros países fortalecen pensamiento lógico, programación, comprensión científica, análisis crítico y habilidades tecnológicas desde educación básica, México sigue atrapado en debates administrativos que parecen propios del siglo pasado.

La inteligencia artificial representa quizá el mayor reto educativo de las próximas décadas. Puede convertirse en una herramienta extraordinaria para personalizar enseñanza, detectar rezagos y fortalecer procesos de aprendizaje. Pero también puede profundizar desigualdades si millones de estudiantes mexicanos continúan sin acceso adecuado a tecnología, conectividad o formación digital básica.

Los modelos educativos más exitosos del mundo han entendido algo fundamental: el futuro no pertenece al país que memoriza más, sino al que enseña mejor a pensar. Finlandia fortaleció comprensión lectora y autonomía escolar. Corea del Sur apostó por ciencia y tecnología. Singapur convirtió las matemáticas aplicadas en prioridad nacional. Estonia digitalizó gran parte de sus procesos educativos desde etapas tempranas. Todos tienen diferencias culturales enormes, pero comparten una coincidencia: colocaron la educación como asunto estratégico de Estado. México necesita hacer exactamente eso.

Porque el problema educativo nacional no se resolverá únicamente construyendo aulas o entregando tabletas electrónicas. Claro que la infraestructura importa, y muchísimo. Pero el verdadero desafío es construir un modelo que enseñe a comprender, analizar, argumentar, investigar y resolver problemas reales. Hace falta fortalecer lectura profunda, matemáticas aplicadas, educación financiera, ciencia experimental, inglés y habilidades digitales desde edades tempranas. Hace falta también profesionalizar todavía más la capacitación docente y construir mecanismos serios de evaluación educativa que permitan medir resultados reales, no únicamente cobertura administrativa.

El Día del Maestro debería servir precisamente para abrir esa conversación de fondo. Reconocer al docente mexicano implica valorar su trabajo, pero también asumir que el país necesita una política educativa mucho más seria, moderna y estratégica. Porque mientras México discutía si debía otorgar casi tres meses de vacaciones escolares por el Mundial y el calor, el resto del mundo sigue compitiendo por quién prepara mejor a sus nuevas generaciones para el futuro.

Y esa diferencia, tarde o temprano, termina definiendo el destino completo de una nación.

 

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