Por Javier Orozco Alvarado
Investigador del Conachyt
Después de muchas críticas ciudadanas y el rechazo de los padres de familia a la iniciativa de la SEP de recortar el calendario escolar al 5 de junio en educación básica, el gobierno tuvo que frenar la iniciativa, por lo que, finalmente, concluirá el 15 de julio 2026. Y es que, al margen de que esta iniciativa era más política que humanista, la educación en México en casi todos los sus niveles está pasando por un mal momento. No sólo por la desacertada coyuntura, sino porque se calcula que actualmente nos encontramos en los niveles que teníamos en 2003 en relación con los más recientes resultados de la prueba PISA.
Según este organismo, dos de cada tres estudiantes mexicanos no alcanzan el nivel básico de competencias en matemáticas, por lo que, según la OCDE, nuestro país se ubica en los últimos lugares en matemáticas, lectura y ciencias, de entre los países miembros de esta organización.
Hasta ahora, la experiencia internacional ha demostrado que la educación es la principal fuente de ventajas competitivas, pues la productividad de las empresas depende de los conocimientos, las habilidades y las destrezas que poseen sus ciudadanos.
Por eso la preparación juega un papel fundamental, no sólo en el éxito económico del país, sus empresas o las personas que lo integran; pues la educación debe promover no sólo el desarrollo de una cultura científica y tecnológica, sino también el pensamiento racional, crítico e inquisitivo.
Por desgracia, México ocupó en 2025 el penúltimo lugar en productividad laboral de entre los 38 países que integran la OCDE. Y, en materia de competitividad, según el Anuario de Competitividad Mundial, ocupamos el lugar 55 en competitividad respecto de 67 economías evaluadas en 2025.
Las ventajas competitivas, a diferencia de las ventajas comparativas, se crean. Por eso, en las sociedades modernas o avanzadas, la educación y la investigación, permiten a las empresas y a los individuos obtener ventajas en actividades relacionadas con el conocimiento, frente a quienes realizan tareas rutinarias o físicas en sectores tradicionales de la economía.
Se estima que en la actualidad el 60% de los trabajadores en Estados Unidos se dedican a tareas de alta cognición, superando en número a los trabajadores industriales y agrícolas en su conjunto; sin contar que más de un 50% de los trabajadores del conocimiento emplean herramientas de la IA.
Desafortunadamente en nuestro país, lejos de mejorar la educación básica, media o universitaria, nos enfrentamos cada vez a una mayor deserción escolar, pues se calcula que entre 2024-2025 cerca de un millón de estudiantes abandonaron sus estudios, lo que representó un 20% más respecto al ciclo anterior. En particular, la educación media superior es la que enfrenta una tasa más alta de deserción de hasta un 11.3%, por carencias económicas o necesidad de trabajar.
En esta era de la información y el conocimiento, además de la educación, la investigación es una herramienta que permite “desarrollar capacidades distintivas” para conseguir ventajas competitivas sostenibles a largo plazo.
Por eso los trabajadores del conocimiento representan los recursos humanos mejor preparados, mejor pagados y menos estandarizados del mundo; son quienes se diferencian de los “trabajadores de tropa”, querealizan servicios en personas o labores rutinarias en empresas que producen alto volumen y no requieren demasiada formación.
Lamentablemente, en México, la investigación, la formación de recursos humanos, de científicos, presenta un fuerte rezago a nivel nacional e internacional. Mientras que a principios de este siglo se destinaba en México un promedio de 0.50% del PIB a ciencia y tecnología, para 2025 este presupuesto se redujo a 0.16%, muy por debajo del 1% que recomienda la UNESCO y del 2.7% del promedio de países de la OCDE. Inclusive, es triste ver que estamos por debajo del 1% de Brasil o del 0.52% de Argentina.
Si nos comparamos con otros países, como España, podemos apreciar que en ese país se invierte en este rubro el 1.5% del PIB y en Estados Unidos, Alemania o Japón, se invierte entre el 3.5% o más del 4 %, del PIB en ciencia y tecnología.
Esa situación se refleja en los comparativos internacionales sobre producción científica y número de científicos por habitante, en donde nuestro país muestra también serias deficiencias, pues se ubica persistentemente en los últimos lugares de un total de 38 países que integran la OCDE.
Según los datos más recientes, para el periodo 2024-2025, México registra un promedio de 349 investigadores por millón de habitantes, mientras el promedio en países de la OCDE es de 3 mil 400. Nuestras brechas son abismales si nos comparamos con otros países como España, que tiene 3 mil 500 investigadores por millón de habitantes; Estados Unidos 4 mil 825 y Japón 5 mil 300.
La verdad es que, inclusive, estamos muy por debajo de otros países de nuestro continente, pues Argentina cuenta con 1 mil 300, Uruguay 1 mil y Brasil con un promedio de 900 investigadores por millón de habitantes.
Podemos decir que, tanto los países que han alcanzado un mayor grado de desarrollo científico y tecnológico, así como los individuos con mayor nivel de cualificación en cualquier parte del mundo, son quienes tienen los mayores ingresos y, junto con ello, mejores condiciones de vida.




