Opinión Política
EDUCACIÓN E HISTORIA

Se cumplieron 178 años de la pérdida de territorio

En 1848 México entregó más de la mitad de su suelo a los Estados Unidos.

 

Por Alfredo Arnold

El 2 de febrero de 1848, hace 178 años, se firmó el tratado de paz que puso fin a la guerra entre México y Estados Unidos y que representó para nuestro país la pérdida de la mitad del territorio. Los estados de California, Arizona, Nuevo México, Texas, Nevada, Utah y parte de Colorado, que formaban parte del mapa mexicano, se convirtieron en vecinos del norte.

Al paso del tiempo –-y quizá desde entonces–, es muy probable que la población que ha habitado por tantos años esa enorme región no añore que sus ancestros se hayan desprendido del pabellón mexicano; por el contrario, es más lógico que agradezcan al “Tratado de Paz” que los dejó fuera de nuestra frontera y los convirtió en ciudadanos de Estados Unidos. El desarrollo en las ciudades que hoy habitan, la seguridad de la que gozan, la riqueza y comodidades que disfrutan no se comparan con las que quizá tendrían en México si las cosas no hubieran seguido el rumbo que tuvieron después de la guerra entre las dos naciones.

Estados Unidos ha crecido enormemente con la anexión de Alaska, que le compró al Imperio ruso en 1867, la de Hawái en 1898 y, por supuesto, los territorios ganados en la guerra contra México. Hoy, por cierto, también pretende comprar Groenlandia.

El documento firmado que puso fin a la guerra y transfirió esa enorme parte de territorio, establece lo siguiente:

“El tratado que hoy se firma, tiene el nombre oficial de Tratado de Paz, Amistad, Límites y Arreglo Definitivo entre la República Mexicana y los Estados Unidos de América”. Fue aprobado por los presidentes López de Santa Anna, de México y James Knox Polk, de Estados Unidos.

Antes de eso, Estados Unidos había conquistado Nuevo México y California, obteniendo la posesión de los territorios que desde el principio había esperado conseguir mediante la simple intimidación o quizá por medio de una guerra breve.

El desorden político de México fue un factor crucial. Durante el breve tiempo que duró la guerra tuvimos siete presidentes; uno de ellos, Paredes, fue encarcelado; seis generales dirigieron la guerra contra el invasor; cambió la Constitución y la forma de gobierno; estallaron varias insurrecciones, y sólo siete de los 19 estados que integraban la nación mexicana contribuyeron con soldados, armamento y dinero a la guerra contra Estados Unidos.

Cuando se firmó el tratado, las tropas norteamericanas ya habían tomado el territorio mexicano, incluyendo la capital y los principales puertos. El documento del Tratado de Guadalupe-Hidalgo fue firmado por Bernardo Couto, Miguel Atristán y Luís G. Cuevas, representantes de México y por parte de Estados Unidos, Nicholas P. Trist.

México perdió más de dos millones y medio de kilómetros cuadrados y se esfumó el sueño de alcanzar la grandeza que había tenido la Nueva España en el siglo XVIII.

Estados Unidos pagó una indemnización de quince millones de pesos en tres pagos anuales, con lo cual justificó que no se trató de una anexión por la fuerza sino de una operación mercantil. Al poco tiempo de terminar la guerra, se descubrió la gran riqueza en oro que había en la alta California.

La pérdida de territorio fue la culminación de un complejo conjunto de factores que iban desde el expansionismo norteamericano hasta la inestabilidad mexicana provocada por las pugnas entre militares realistas y liberales, la ausencia de una identidad nacional y de un liderazgo capaz de movilizar la resistencia popular como años después sucedería durante la invasión francesa.

Aunque en un principio el Congreso de la Unión se opuso a la firma del Tratado, finalmente se aprobó en la Cámara de Diputados por 48 votos a favor y 37 en contra, y 33-4 en el Senado.

La guerra y la derrota fueron una terrible desilusión para los liberales mexicanos que habían considerado a los Estados Unidos como ejemplo y guía por su sistema republicano, que según Servando Teresa de Mier podría “conducirnos a la felicidad”.

El Presidente tapatío Valentín Gómez Farías, en un mensaje escrito a sus hijos, sentenció: “La venta infame de nuestros hermanos está ya consumada. Nuestro Gobierno, nuestros representantes, nos han cubierto de oprobio y de ignominia”.

Hasta Ulysses S. Grant, que formó parte de las tropas invasoras y llegó a general y presidente de los Estados Unidos, reconoció este episodio como injusto: «Estuve amargamente opuesto a la anexión de Texas y hasta este día considero la guerra que resultó como una de las más injustas que haya sido entre un país fuerte y uno débil. Fue una ocasión en la que una república siguió el mal ejemplo de las monarquías europeas al no considerar la justicia en su deseo de adquirir territorio adicional”.

El presidente norteamericano James Knox Polk, iniciador de la guerra, concluyó su periodo el 4 de marzo de 1849. Dejó la Casa Blanca con su salud y prestigio muy mermados, acusado por los radicales de ser un instrumento de los esclavistas, y por los sureños conservadores de servir a los radicales. Deteriorado. delgado y ojeroso, creyendo estar enfermo de cólera, murió a los 53 años en su casa de Nashville, Tennessee, el 15 de junio de 1849, a sólo 104 días de terminar su periodo presidencial.

La paradoja es que, habiendo añadido 3.1 millones de kilómetros cuadrados a su país, no le fue dedicado un monumento conmemorativo en Washington como a los más grandes presidentes estadunidenses.

Como decíamos al principio, a casi dos siglos de distancia de aquel episodio, lo más probable es que ocho generaciones de ciudadanos norteamericanos, millones de personas que viven principalmente en los estados sureños de Estados Unidos, desconozcan su origen mexicano y estén satisfechos con lo que hoy tienen y con el país al que pertenecen.

 

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