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México: ¿confiable o prescindible?

Por Carlos E. Martínez Villaseñor 

Abogado

Durante décadas, México fue visto como un socio estable, predecible y estratégicamente indispensable. No perfecto, pero confiable. Hoy, esa percepción comienza a erosionarse en los principales centros de decisión económica y política del mundo. La pregunta ya no es si México tiene potencial, sino si sigue siendo un país en el que vale la pena confiar.

El contexto internacional no podría ser más exigente. El reacomodo de las cadenas globales de suministro, la disputa geopolítica entre Estados Unidos y China y el fenómeno del nearshoring colocaron a México en una posición privilegiada. Geografía, tratados comerciales y cercanía logística parecían una combinación ganadora. Sin embargo, el aprovechamiento real de esa ventana histórica ha sido desigual y, en varios aspectos, decepcionante.

De acuerdo con cifras oficiales, en 2024 México captó alrededor de 36 mil millones de dólares en Inversión Extranjera Directa, un monto relevante, pero engañoso si se analiza a fondo. Más del 78 % correspondió a reinversión de utilidades, no a nuevos proyectos productivos. Es decir, empresas que ya están en el país optaron por permanecer, pero la llegada de capital fresco fue limitada. El mensaje implícito es claro: México no está perdiendo lo que ya tiene, pero tampoco está convenciendo a nuevos jugadores globales. La variable clave detrás de esa cautela es la certidumbre jurídica. Cambios regulatorios abruptos, decisiones administrativas sin claridad técnica y una relación tensa con organismos autónomos han generado ruido en mercados que, por definición, castigan la incertidumbre. Para un inversionista global, la estabilidad institucional pesa tanto como la rentabilidad. En ese rubro, México ha enviado señales contradictorias durante los últimos años.

A ello se suma un problema estructural que ya no puede separarse del análisis económico: la seguridad. En 2024, el país cerró con más de 30 000 homicidios dolosos, una cifra que mantiene a México entre los países con mayor violencia no bélica del mundo. El impacto no es abstracto. Regiones completas enfrentan sobrecostos logísticos, mayores primas de seguros y riesgos operativos constantes. Empresas medianas y grandes ajustan planes, posponen expansiones o simplemente desisten. Normalizar la violencia tiene un costo económico real, aunque no siempre visible en los anuncios oficiales. La relación con Estados Unidos, principal socio comercial, atraviesa también una etapa delicada. El comercio bilateral superó los 800 mil millones de dólares en 2024, consolidando a México como el primer socio comercial estadounidense. Sin embargo, más allá de los números, en Washington crece la preocupación por el estado de derecho, el combate al crimen organizado y la capacidad institucional del Estado mexicano. En un año electoral clave para la política estadounidense, México aparece cada vez más en el debate interno, no como oportunidad estratégica, sino como riesgo compartido.

Europa observa con cautela, atrapada en una crisis simultánea: el desgaste económico tras años de bajo crecimiento, una presión social creciente y un reacomodo militar forzado por la guerra en Ucrania y la fragilidad de su propia seguridad regional. En ese contexto, el capital europeo es hoy más selectivo y menos paciente. Asia compara opciones. América Latina compite con agresividad.

Países como Vietnam, India o incluso Brasil han entendido que atraer inversión no se limita a ofrecer costos laborales competitivos, sino a garantizar reglas claras, instituciones sólidas y una visión de largo plazo. México corre el riesgo de quedarse atrapado en su propio discurso de potencial mientras otros avanzan con pragmatismo y coherencia. Nada de esto implica que el país esté condenado.

México conserva ventajas reales y una posición estratégica envidiable. Pero las ventajas, cuando no se cuidan, se desgastan. La confianza no se decreta ni se presume; se construye todos los días con decisiones coherentes, respeto institucional y señales claras hacia dentro y hacia fuera.

El dilema es profundo y urgente. En un mundo que redefine alianzas y prioriza confiabilidad, México debe decidir qué papel quiere jugar. Puede recuperar su lugar como socio estratégico, serio y predecible, o resignarse a convertirse en un actor prescindible, útil solo mientras convenga. En la política internacional y en la economía global, la irrelevancia no llega de golpe: se construye lentamente, a base de omisiones. Y cuando se vuelve evidente, casi siempre es demasiado tarde para corregir.

 

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