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Cuando la tarde se viste de toro

Las corridas de toros no empiezan cuando el reloj lo ordena, sino cuando la tarde decide abrir los ojos. Desde hace siglos, el toro espera ese momento preciso en que el sol comienza a inclinarse como un anciano cansado y la plaza deja de ser un círculo de piedra para convertirse en un escenario de presagios. No es casualidad ni capricho: la tauromaquia nació para suceder cuando el día empieza a despedirse.

 

Por Amaury Sánchez G.

En los pueblos antiguos de España —y luego en los de México— la mañana pertenecía al trabajo y la noche al descanso. La tarde, en cambio, era ese territorio libre donde el tiempo parecía aflojar el nudo del esfuerzo cotidiano. Después de la misa mayor, cuando las campanas dejaban de sonar y el calor empezaba a ceder, el pueblo entero se encaminaba a la plaza como quien acude a un ritual heredado, sin necesidad de explicación.

El sol, ese testigo implacable, también tuvo su palabra. Torear bajo el sol del mediodía era una condena innecesaria: cegaba al torero, alteraba al toro y volvía injusta la lidia. En cambio, la luz oblicua de la tarde —dorada, lenta, casi misericordiosa— permitía ver con claridad y, al mismo tiempo, envolver la escena en una solemnidad irrepetible. Las sombras que se alargan en el ruedo no son un accidente: son parte del lenguaje secreto del toreo.

Pero hay algo más profundo que la comodidad o la costumbre. La tarde es, desde siempre, la hora de los desenlaces. No es todavía noche, pero ya no es día. En ese filo incierto se juegan las decisiones importantes, los finales inevitables, los actos que no admiten marcha atrás. Por eso el toreo sucede ahí: porque la corrida no es solo un espectáculo, sino una ceremonia donde la vida y la muerte se miran sin prisa, sabiendo que el tiempo está contado.

Con el paso de los años llegaron la electricidad, los reflectores y la vida moderna, pero la corrida se resistió a cambiar de hora. No porque no pudiera, sino porque no debía. Una corrida nocturna puede verse, pero no se siente igual. Le falta esa melancolía luminosa de la tarde, ese aire de despedida que convierte cada pase en una última oportunidad.

Quien no conoce la tauromaquia suele pensar que la corrida empieza a las cinco por simple tradición. No sabe que empieza entonces porque la tarde es su aliada, su cómplice silenciosa. Sin ella, el toro perdería su majestad y el torero su tragedia.

Y así, cuando el sol comienza a caer y la plaza se llena de murmullos, uno entiende que la corrida no ocurre por la tarde: la tarde ocurre para que exista la corrida. Porque hay rituales que no se pueden mover de hora sin perder el alma.

 

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