Opinión Política
ANÁLISIS

Tauromaquia y censura moral

Arte y tradiciones

 

Por Amaury Sánchez G.

La actriz Kate del Castillo ha solicitado frenar las corridas de toros en Guadalajara bajo el argumento de que “la tauromaquia no es cultura, es tortura”. La frase, contundente en lo emocional, resulta insuficiente en el terreno del análisis cultural, jurídico y social.

La tauromaquia no es un espectáculo improvisado ni un residuo del atraso. Es una manifestación cultural con reglas, simbolismo, estética y una historia documentada de más de cuatro siglos en México. Como toda tradición viva, es discutible y perfectible, pero no puede ser despachada como barbarie sin incurrir en una simplificación peligrosa.

Desde la antropología, la cultura no se define por su comodidad moral, sino por su arraigo, continuidad y significado colectivo. Ritual, tragedia y sacrificio han formado parte de las expresiones culturales humanas desde su origen. Pretender que la cultura moderna deba ser aséptica es desconocer la historia misma del arte, la religión y la civilización.

En el debate sobre bienestar animal conviene introducir matices. El toro de lidia no es un producto industrial. Vive años en libertad, en condiciones que no existen en otras industrias cárnicas que, paradójicamente, generan menos indignación pública. Sin la tauromaquia, esta especie desaparece. No es una hipótesis ideológica; es un hecho económico y biológico.

La discusión también tiene una dimensión económica y social. La Plaza Nuevo Progreso no es solo un recinto simbólico: es una fuente de empleo, derrama económica y actividad cultural. Cancelar corridas no es un acto abstracto de empatía; es una decisión con consecuencias concretas para cientos de familias.

Guadalajara no es menos moderna por permitir corridas. La modernidad democrática no se mide por la cantidad de prohibiciones, sino por la capacidad de convivir con expresiones que no generan consenso. La pluralidad implica aceptar que no todas las sensibilidades pueden imponerse como norma.

Kate del Castillo tiene derecho a expresar su rechazo. Lo que resulta problemático es convertir una percepción personal en criterio absoluto de política pública. Cuando la emoción sustituye al argumento, el debate se empobrece y la censura se disfraza de virtud.

La tauromaquia puede debatirse, regularse y transformarse. Lo que no debe es desaparecer por decreto moral. Una sociedad que prohíbe lo que no entiende no avanza: se reduce.v

 

Post relacionados

Crisis en el Campo Mexicano: El Desafío de la Soberanía Alimentaria y el Liderazgo de Jalisco

Opinión Política

El Poder Legislativo en los Estados (Parte II)

Opinión Política

El Jalisco que recorrerán los candidatos

Opinión Política

Dejar un comentario