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Ni venganza, ni perdón… ni memoria selectiva

Por Amaury Sánchez G.

Hay libros que nacen para iluminar la historia.Y hay libros que nacen porque el autor no superó la sobremesa. “Ni venganza, ni perdón”, el nuevo volumen de Julio Scherer Ibarra —a quien en la liturgia palaciega llamaban “Julito”— pertenece a esa entrañable tradición mexicana del exfuncionario que descubre su vocación literaria justo después de que le retiran la silla.

Curioso fenómeno: mientras tienen oficina en Palacio, no escriben memorias; pero apenas les recogen la credencial, se vuelven novelistas del agravio.

El título ya es un poema involuntario.

 

“Ni venganza, ni perdón”.

Cuando alguien aclara que no busca venganza, normalmente es porque ya trae la factura en la bolsa. Y cuando dice que no pide perdón, suele ser porque tampoco piensa ofrecerlo.

El libro, según se aprecia en su tono y fragmentos difundidos, no es una tesis jurídica ni un tratado institucional. Es algo más humano: una explicación tardía.

Y las explicaciones tardías casi siempre son ajustes de cuentas con el espejo.

 

El arte de salir antes de tiempo

Julio Scherer no fue un espectador del sexenio. Fue consejero jurídico de la Presidencia, uno de los despachos más delicados del poder. Desde ahí se mueven controversias constitucionales, litigios estratégicos, equilibrios con la Fiscalía y decisiones que no caben en conferencias matutinas.

No salió al final del sexenio.Salió a la mitad.

En política, irse antes de que termine la fiesta no es casualidad. Puede ser estrategia. Puede ser desgaste. Puede ser pérdida de confianza. Lo que no suele ser es coincidencia cósmica.

Y sin embargo, el libro no parece escrito con la serenidad de quien analiza procesos, sino con la necesidad de quien quiere fijar su versión antes de que otros la escriban por él.

Eso no es delito. Es instinto de supervivencia histórica.

 

El síndrome del incomprendido

En casi todas las memorias políticas existe un patrón: el autor era el sensato rodeado de imprudentes; el técnico rodeado de grilleros; el leal rodeado de traidores. Es una fórmula infalible.

El problema es que la historia rara vez es tan generosa con los protagonistas.

Un libro verdaderamente histórico documenta. Aporta pruebas. Presenta cronologías, oficios, argumentos jurídicos. Cuando predominan las anécdotas y las interpretaciones personales, lo que tenemos no es archivo: es versión.

Y una versión, por definición, compite con otras.

La política y el recuerdo

Hay algo profundamente humano en querer explicar por qué uno ya no está donde estuvo. El poder, cuando se pierde, deja un vacío que a veces se llena con tinta.

Pero una cosa es escribir memorias para comprender el proceso, y otra es escribirlas para ajustar cuentas con fantasmas administrativos.

Si el libro busca reescribir el papel de su autor en el sexenio, no es el primero ni será el último. México tiene una larga tradición de exfuncionarios que, años después, descubren que siempre tuvieron la razón.

Lo fascinante es que la razón casi nunca aparece mientras están en el cargo.

 

¿Bomba política o catarsis editorial?

Seamos serios: un libro testimonial no derrumba un proyecto político. Las transformaciones se juzgan por resultados, reformas, elecciones, no por capítulos de despecho.

“Ni venganza, ni perdón” difícilmente alterará la narrativa estructural de la 4T. Podrá generar tertulias, columnas, mesas redondas y uno que otro hilo de WhatsApp.

Pero no es dinamita institucional. Es, en el mejor de los casos, una pieza de reposicionamiento personal.

 

Ironía final

Quizá el mayor mérito del libro no sea lo que acusa, sino lo que revela sin querer: que en política nadie escribe para olvidar. Se escribe para permanecer. Porque cuando el poder ya no responde llamadas, al menos queda la imprenta.

Y así, mientras el país sigue su curso entre reformas, elecciones y realidades más terrenales, un exconsejero jurídico nos recuerda que en México no hay nada más productivo que un exfuncionario con tiempo libre. No busca venganza. No pide perdón. Solo quiere que lo lean. Y eso, en el fondo, ya es una forma de regresar.

 

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