PARTE II FINAL
“La salud de una democracia puede medirse por la calidad de sus representantes”
Alexis de Tocqueville
Por Abogado Jesús Hiramgómez Enciso y Maestro Javier Jaramillo González
México ha adoptado un sistema mixto que, hasta ahora, ha funcionado razonablemente bien, aunque no ha satisfecho plenamente todas las exigencias del electorado. Desde mi perspectiva, las exigencias centrales son tres: representación justa, eficacia del sistema político y responsabilidad en la relación representante–elector. Las dos primeras se cumplen en gran medida; la tercera, no. Quienes acceden a cargos por representación proporcional suelen ser personas desconocidas para el elector y ajenas a las causas que motivaron su voto.
Por ello, sostengo que el problema no radica en el sistema mixto en su conjunto, sino en la forma de elegir a los representantes de representación proporcional, actualmente mediante listas regionales para diputados y una lista nacional para senadores (arts. 14, 20, 21, 22 y 23 de la LGIPE). El verdadero problema son las listas cerradas y bloqueadas, que no reflejan a las minorías, sino a las cúpulas del poder partidista.
Este diseño institucional genera la percepción —y muchas veces la realidad— de que el elector vota por una persona cuando, en los hechos, también está votando por una lista que desconoce y que no puede modificar. Este problema se agrava cuando se analiza el efecto simbólico y real de las listas cerradas y bloqueadas. En la política suele utilizarse la expresión “los caballos de Calígula” para ilustrar la degradación de la representación. El emperador romano Calígula nombró senador a su caballo, y desde entonces la metáfora sirve para señalar que, bajo ciertas reglas institucionales, “cualquiera” —incluso un caballo— puede llegar a ocupar un cargo público simplemente por ocupar el lugar correcto en la lista.
Sin embargo, es mucho más difícil que los “caballos de Calígula” lleguen al poder cuando el elector vota directamente por una persona, que cuando se utilizan sistemas de listas en distritos con varios representantes, en los que el orden de los candidatos es decidido por las cúpulas partidistas y no por la ciudadanía. En este último caso, la selección de representantes se desvincula casi por completo del control democrático del elector y se convierte en un mecanismo de reparto interno del poder.
Así, el problema no es que las minorías estén representadas, sino quiénes dicen representar a esas minorías.
El sistema actual genera el efecto de que el elector cree votar por una persona concreta —el candidato de mayoría relativa—, pero en realidad su voto también se traduce automáticamente en un respaldo a una lista cerrada y bloqueada de representación proporcional, cuyo contenido desconoce y no puede modificar. Como ya se señaló, la mayoría de la población ni siquiera sabe cómo se eligen los legisladores de representación proporcional.
Incluso en el supuesto de que el elector conozca este mecanismo, no tiene posibilidad alguna de alterar el orden de la lista ni de excluir a personas que no representan sus causas. En este sentido, existe una distorsión democrática, pues el voto que aparentemente se emite a favor de una persona termina convirtiéndose en un voto para las cúpulas partidistas. Esta situación genera la percepción —y en muchos casos la realidad— de que el sistema funciona como una auténtica simulación representativa.
Por ello, resulta necesario pensar en nuevas formas de elección de los representantes de representación proporcional. Giovanni Sartori sostiene que “el sistema más puro de todos es el voto único transferible (VUT) en distritos con varios representantes; se pide a los votantes que numeren a los candidatos por el orden de su preferencia; todo voto por encima de la cuota (cociente electoral) se reasigna a la segunda preferencia; entonces se eliminan a los candidatos con menos votos y las preferencias de sus votos son redistribuidas hasta que todos los escaños han sido asignados”. En el caso mexicano tratándose de la cámara de diputados sería por las listas regionales, en donde cada electoral de la región respectiva señalaría los candidatos de su preferencia para que uno o varios de ellos ocupe la curul respectiva dependiendo cuantos espacios de representación proporcional alcanza el partido político y en el caso de la cámara de senadores sería a través de la lista nacional.
Una segunda alternativa sería asignar los escaños de representación proporcional a los candidatos que, sin haber ganado su distrito, hayan alcanzado el cociente electoral o se hayan aproximado más a él, lo que fortalecería el vínculo entre voto ciudadano y representación efectiva.
Finalmente, aun en el supuesto de mantener el sistema de listas, este podría modificarse. Dieter Nohlen y José Reynoso Núñez distinguen entre listas cerradas y bloqueadas, listas cerradas no bloqueadas y listas abiertas, cada una con distintos grados de intervención del elector. Estas opciones muestran que existen mecanismos institucionales para devolver al ciudadano un papel activo en la selección de sus representantes. Los autores previamente citados hacen el siguiente cuadro:
| Formas de lista | Procedimiento de votación |
| – Lista cerrada y bloqueada: el orden de los candidatos es fijo
– Lista cerrada y no bloqueada: el orden de los candidatos puede ser modificado, ya sea mediante votos preferenciales o mediante reubicación en la lista. – Lista abierta: libre ubicación de los candidatos dentro de las lista y entre lista. |
– El elector tiene un voto y vota por la lista en conjunto.
– El elector tiene un voto por un candidato. Con éste puede variar el orden de postulación en la lista. – El elector tiene dos votos como mínimo (una por la lista y otro por el candidato), o tantos votos como candidatos por elegir. El elector puede acumular varios votos en favor de un candidato (acumulación). – El elector tiene varios votos y puede configurar “su” lista a partir de los candidatos propuestos por los partidos. |
El debate sobre la reforma electoral no debe plantearse en términos simplistas ni reduccionistas. El dilema no es elegir entre mayoría o representación proporcional, ni mucho menos transitar de una crisis de representación a otra más profunda. El verdadero desafío consiste en construir un sistema que garantice que todos los votos cuenten y que quienes acceden a los cargos públicos representen efectivamente a la ciudadanía.
El sistema mixto vigente en México ha cumplido, en buena medida, con dos exigencias fundamentales: la pluralidad y la proporcionalidad. Sin embargo, ha fallado en un aspecto central de toda democracia representativa: la responsabilidad del representante frente al elector. Este déficit no proviene del principio de representación proporcional en sí mismo, sino del mecanismo concreto mediante el cual se elige a quienes ocupan esas curules.
Las listas cerradas y bloqueadas han propiciado que la representación proporcional deje de ser un instrumento de inclusión de minorías para convertirse en un mecanismo de reproducción del poder de las élites partidistas. En este contexto, los “caballos de Calígula” encuentran terreno fértil: personajes sin legitimidad social, sin vínculo con el electorado y sin causas que representar acceden al poder no por decisión ciudadana, sino por acuerdos cupulares.
Por ello, la reforma electoral no debe orientarse a eliminar la representación proporcional, sino a democratizarla. Existen alternativas viables —como listas abiertas, listas no bloqueadas, voto preferencial o esquemas que premien el respaldo real obtenido en los distritos— que permitirían devolverle al elector la capacidad de decidir quién lo representa.
La Comisión Presidencial para la Reforma Electoral tiene ante sí una responsabilidad histórica: no diseñar un sistema funcional para el poder, sino uno legítimo para la ciudadanía. Si la reforma logra fortalecer la relación entre el voto y el representante, se avanzará hacia una democracia más auténtica. De lo contrario, el riesgo es perpetuar un sistema en el que, como en tiempos de Calígula, los cargos públicos no los ocupan los mejores representantes, sino quienes mejor lugar ocupan en la lista.
[1] Nohlen y Reynoso Núñez, Año 2022, p. 107.




