Opinión Política
ANÁLISIS

La mochila del docente

La educación es la única posibilidad de una revolución, sin sangre no violenta, y en profundidad de nuestra cultura y nuestros valores. Fernando Savater.

 

Por Erika Anay Rodríguez Valle

Doctora en Ciencias de la Educación

La mochila docente puede definirse como el espacio donde el profesorado lleva incorporadas sus herramientas didácticas y su pensamiento, con las cuales ejercen su profesión, es decir, lo que les permite programar, impartir, evaluar y coordinarse con otros.

Sin embargo, es más allá de eso, es la conciencia social, el para qué educa y cómo educa; una herramienta clave es la innovación pedagógica en las aulas, la cual depende en gran medida de la capacidad que tenga una entidad educativa de gestionar estas mochilas docentes con el fin de construir una metodología común que permita mejorar continuamente las prácticas educativas, compartir el conocimiento y desarrollar una cultura docente colaborativa.

Por lo regular segmenta el docente su didáctica y la sitúa directamente en el aula donde va ejercer su tarea, sin embargo una forma de enfocar este proceso es a través del concepto de intervención reflexiva fundamentada, un modelo que quiere llevar a los docentes a tener espacios como los tienen otras profesiones, donde se realicen “clínicas” que permitan al profesorado abrir sus mochilas docentes, revisar su práctica educativa, someterla al escrutinio constructivo de sus colegas y garantizar el aprendizaje colectivo.

Sin embargo, este modelo se topa de frente en muchos casos con una cultura de aula cerrada, en la que muchos profesores temen dejar ver su práctica educativa a otros colegas y que éstos opinen sobre ella. Porque además el ojo crítico de los colegas es fuerte y con muy poco criterio de propuestas de mejora, con tendencias más en observar los puntos débiles de los colegas. Por tanto, para hacer realmente que la innovación pedagógica sea desarrollada de forma colectiva y construir una mochila docente compartida, se debe contar con la participación de docentes y responsables de lo dicen y hacen, que pueden servir para la reflexión conjunta en la entidad educativa.

Reflexiones que permitan con un compromiso en  conjunto, con acciones para realizar en las aulas una coordinación de estrategias de enseñanza -aprendizaje y poner en común aquellas que son capaz de innovar y de consolidar saberes a través de las realidades sociales, ejercer este trabajo entre iguales permite crecer en comunidad educativa y social, con responsabilidades compartidas en las tomas de decisiones en función de lo que realmente el alumnado demande,  en comunión a las solicitudes del propio sistema educativo.

Vivir la educación bajo un esquema de trabajo colaborativo y en equipo, compromete al docente pensar con un sentido de empatía desde una visión colectiva, dialógica que permita una inmersión en su propio sistema, viéndose a través del otro y con el otro; la mochila del docente implica desafíos de carácter social bajo realidades que tienen matices de delincuencia y de desintegración, hoy también implica retos de cohesión intelectual que demanda este mundo global, que tiene como reto frente al docente el uso excesivo de tecnología que rebasa el ejercicio de cátedra, en el interior de su trabajo docente y también carga con desafíos de corte emocional, porque en los alumnos se manifiestan autismos sociales, y un sinfín de características específicas marcadas por las tribus urbanas que hay en boga.

Vivir la práctica reflexiva desde el aula, debe de considerar una introspección desde el origen de la construcción del saber, tomando matices sobre la ética y la identificación del propio maestro en su profesión, situado en este pensamiento Aristotélico: “El origen de la enseñanza en la naturaleza sociable del ser humano y su deseo innato de conocer. Consideraba la educación un proceso práctico y continuo, enfocado en el desarrollo de la virtud (carácter) y la felicidad, basado en el hábito, la observación empírica de la realidad y la formación del pensamiento crítico”.

El docente que sale todos los días de casa, con la esperanza de enseñar en el aula todo lo que su vida profesional le ha dejado, es un reto intelectual de gran desafió, porque en su mochila de la experiencia lleva competencias profesionales, pero también lleva retos sociales marcados por la época, es decir educar para la felicidad en un espacio de conflicto tiene un doble esfuerzo, educar desde la diversidad con marcajes de marginación social, educar para el análisis intelectual de los alumnos con el chat GTP que sistematiza todo conocimiento, el maestro de hoy trae consigo desafíos que están marcados por la tecnología, el contexto social y familiar  donde está sentada la escuela.

La empatía sigue siendo un instrumento de enseñanza aprendizaje, basado en la capacidad del discernimiento para poder continuar la catedra, vivir el aula es encauzar el conocimiento a un mundo real, con certezas intelectuales de poner en práctica todo lo que se aprende, y generar condiciones de creación diversa para un futuro, pensado en la innovación y en la búsqueda permanente del saber ser, el saber hacer, el saber pensar y el saber decidir, eso carga también la mochila del docente, responsabilidades de participación social y educativa, de quien educa, poniendo sobre la mesa el por qué educa y para qué educa.

La mochila del docente no sólo carga planes y programas de estudio, tinta de color azul o su libreta de notas, carga una responsabilidad de corte profesional que se verá reflejado en cada acto educativo en el aula, en una sociedad consciente y participativa para su propio desarrollo. La tarea del docente, no lleva un proceso mediático para la enseñanza, lleva también un proceso de futuro, de conciencia y de una búsqueda permanente del desarrollo y tratado del ser humano, educar para formar, educar para vivir, educar para construir un mundo mejor.

 

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