Opinión Política
OPINIÓN

El Último Sacrificio

Cuando la patria se sostiene sobre los hombros de sus hijos

Por Simón Madrigal

Internacionalista y Análista Político

Cuando el secretario de la Defensa Nacional, el General Ricardo Trevilla Trejo, intentó ofrecer el pésame a las familias de los 25 soldados caídos, la voz se le quebró. No fue un gesto ensayado. No fue una frase protocolaria. Fue el instante en que la institución más disciplinada del Estado dejó ver su humanidad.

Porque detrás del uniforme, detrás del rango y la investidura, hay una hermandad. Y cuando uno cae, todos lo sienten. Veinticinco soldados murieron en una sola jornada de violencia tras la captura de uno de los criminales más buscados del país. Emboscadas, bloqueos, fuego cruzado. El Estado enfrentando a estructuras que ya no operan como bandas dispersas, sino como organizaciones con logística, inteligencia y armamento comparable al de fuerzas irregulares.

Como veterano, conozco el lenguaje que no se pronuncia en público: el del sacrificio asumido sin estridencias. El entrenamiento que forma a un soldado no es solo físico. Es una pedagogía del deber. Se aprende a reaccionar bajo estrés extremo. A priorizar al compañero. A avanzar cuando la lógica humana invita a retroceder.

Los romanos lo sabían bien. El general Cayo Julio César escribió en De Bello Gallico que la disciplina es el verdadero nervio de un ejército”. Sin disciplina, no hay defensa. Sin defensa, no hay república. Pero la disciplina no elimina el riesgo. Lo ordena.

Cuando 25 soldados mueren en una sola jornada de violencia, la pregunta no es solo cuánto valen sus vidas —eso es incalculable— sino qué condiciones estructurales hicieron necesario que estuvieran ahí, enfrentando un enemigo que opera con capacidad paramilitar… y que en algunos territorios actúa con el contubernio, la protección o la complacencia de autoridades municipales y de otros niveles de gobierno. Esa es la herida profunda. El sacrificio militar es noble. La corrupción que lo hace necesario es intolerable.

En la historia de las naciones, el sacrificio del soldado ha sido una constante. En Grecia, Pericles, durante la Guerra del Peloponeso, recordó que “la libertad es la recompensa del valor”. No hay libertad sin alguien dispuesto a defenderla.

En tiempos modernos, basta mirar a Estados Unidos tras el 11 de septiembre; a Francia después de los atentados en París; a Colombia durante sus décadas más duras contra las FARC; a Israel en su permanente estado de alerta. En todas esas sociedades, el debate político fue intenso, las críticas legítimas, pero el reconocimiento al soldado caído fue incuestionable.

Porque una cosa es cuestionar la estrategia. Otra muy distinta es olvidar el sacrificio.

En México hemos normalizado demasiado la violencia. Hemos convertido los partes militares en cifras. Pero cada cifra tiene rostro. Tiene madre. Tiene hijos. La muerte en servicio no es abstracta. Es concreta. Es una llamada telefónica que nadie quiere recibir. Es una bandera doblada entregada a una viuda. Es una silla vacía en Navidad.

El general romano Vegecio advertía: “Si quieres la paz, prepárate para la guerra”. México no eligió esta guerra abierta contra el crimen organizado; le fue impuesta por décadas de impunidad, corrupción y abandono institucional. Y cuando el Estado finalmente actúa, son los soldados quienes encabezan la línea de contacto.

Como exmilitar, puedo afirmar algo con claridad: nadie entra al ejército buscando la muerte. Se entra buscando propósito, disciplina, honor, una vía de servicio. Se acepta el riesgo, pero no se trivializa.

Lo que sí se espera —y aquí la exigencia es legítima— es que la nación esté a la altura del sacrificio. Que haya claridad estratégica. Que haya respaldo político. Que haya combate frontal a la corrupción que alimenta al crimen desde dentro.

Porque enviar soldados a enfrentar estructuras criminales protegidas por redes locales corruptas no es valentía; es negligencia estructural. Aun así, los soldados cumplen. En carreteras rurales.En montañas. En retenes bajo el sol. En patrullajes nocturnos donde la ley es una línea frágil. No piden aplausos. Piden coherencia.

El orgullo por las Fuerzas Armadas no debe ser ciego, pero sí debe ser consciente. Consciente del rigor que implica la formación militar. Consciente del sacrificio silencioso. Consciente de que, mientras muchos debatimos desde la comodidad de la vida civil, hay jóvenes que entrenan, marchan y se preparan para asumir el peor escenario.

La república no se sostiene solo con discursos. Se sostiene con instituciones. Y cuando esas instituciones fallan en lo civil, es el soldado quien cubre el vacío. Eso debería interpelarnos a todos.

El quiebre de voz del General Trevilla no fue debilidad. Fue el reflejo de una verdad incómoda: el costo humano de la seguridad no es teórico. Es tangible. Es irreparable.

La historia honra a las naciones que saben reconocer a quienes las defienden. No se trata de militarizar la conciencia pública. Se trata de humanizarla. Sentir orgullo por nuestras Fuerzas Armadas no es un acto ideológico. Es un acto de gratitud.

Porque mientras existan hombres y mujeres dispuestos a ofrecer el máximo sacrificio por el orden constitucional, por la estabilidad y por la posibilidad de que nuestras familias vivan sin miedo absoluto, todavía hay esperanza de reconstrucción.

La patria no es un concepto abstracto. Es la suma de los hogares protegidos. Es el derecho a circular sin terror. Es la posibilidad de educar a los hijos sin que el crimen dicte las reglas.

Y cuando 25 soldados entregan la vida en una sola jornada, la nación entera debería detenerse. No para explotar el dolor. No para politizarlo. Sino para comprenderlo. Y para estar a la altura.

Porque algunos juraron servir hasta el final. Y lo hicieron. Hasta el final.

 

Post relacionados

Marchas, Manifestaciones y Movimientos Sociales

Opinión Política

Los debates

Opinión Política

Después de la FIL, Releer el Quijote

Opinión Política

Dejar un comentario