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El cabello enredado de Guadalajara

Por Abril de María Ledesma Zermeño

Arquitecta y Abogada

Cuando se levanta la vista en Guadalajara, cualquiera puede notar que esta ciudad recientemente “tuneada” en algunas zonas —las que según sus administradores (de esos de los que se creen más dueños que empleados) deben priorizarse— ha olvidado un aspecto muy importante de su apariencia: los nudos que cuelgan de los postes. La ciudad en la que se ha invertido recursos en costosas remodelaciones, rehabilitaciones e intervenciones vistosas, ha dejado intacto un histórico descuido: una melena urbana que luce llena de nudos, mechas resecas y muertas, extensiones mal puestas que apenas se sostienen. Entre esos enredos descansan pajarillos desterrados que los confunden con nidos.

Ese abandono de la melena, que termina robándole protagonismo a cualquier otro esfuerzo de la ciudad por verse linda no solo proyecta olvido, sino que genera suciedad visual. Dan ganas de darle una buena peinada y despiojada a esa parte urbana superior que altera a quien la mira con ojos nuevos. Los que somos sus asiduos compañeros de batallas, en cambio, ya nos hemos acostumbrado: Guadalajara es, lamentablemente, una greñuda.

Cada ciudad es guardada en la memoria de sus habitantes y espectadores por distintivos: por su pulcritud, por su traza, por sus monumentos, pero qué triste sería que a nuestra querida Guadalajara se le atribuya un espacio en la memoria como “la greñuda”. Aquí el cableado aparente y enredado de luz, telecomunicaciones y otros servicios convierte el cielo de la calle en un telón descuidado. Es como si la ciudad se hubiera arreglado el rostro con entusiasmo y vestido con sus mejores prendas —después de haberse hecho una que otra cirugía—, pero saliera sin peinarse y ese descuido termina inevitablemente robándose la atención de quien la recorre. A diferencia del maquillaje urbano como el cambio de recubrimientos, pintura nueva en ciertas áreas o banquetas recién coladas luciendo algún mosaico—que pueden sencillamente disimular imperfecciones de fondo y engañar momentáneamente sobre el estado real de la ciudad—, para el cableado no existe peluca ni sombrero que oculte o suavice el enredo. Está ahí, suspendido sobre todos, imposible de ignorar porque el cielo urbano no admite filtros: lo que cuelga se ve y mucho.

Lo más inquietante es que lo hemos integrado como paisaje del diario vivir como si tuviéramos un programa de realidad virtual que lo editara al paso y lo volvemos invisible en nuestro imaginario colectivo. Incluso hemos desarrollado ciertas habilidades para saltar o retirar cables a manotazos mientras caminamos y ese es el primer síntoma de un problema ciudadano muy serio: la costumbre a lo desatendido. Nos acostumbramos a la foto con los postes saturados de fondo, a los “racimos” de cables, a los rollos colgantes como telarañas, a las líneas que quedan como tristes mechones deshilvanados que tenemos que sortear. Nos acostumbramos incluso a la incongruencia: calles con inversiones visibles, rehabilitadas, “embellecidas”, pero coronadas por un entramado que hace que todo se vea provisional, aunque lleve décadas ahí.

El cableado aparente es, además, un síntoma de algo más profundo: la fragmentación en la forma de intervenir el territorio. Una ciudad que pretende proyectar que tiene administradores competentes no puede cargar encima ese gesto permanente de improvisación y olvido porque todo sistema urbano supone trazabilidad, planeación, coherencia… y lo que vemos en muchos puntos de Guadalajara es todo lo contrario: vil desarticulación. Cada compañía de servicios instala lo suyo, lo sujeta como puede, resuelve “su tramo” y se retira y todo eso ante la permisividad y laxitud de los custodios de la ciudad. Nadie retira lo que ya no sirve; nadie limpia lo que quedó suelto, nadie asume el cable muerto que continúa colgando indefinidamente como mecha chamuscada. Así, capa sobre capa, la ciudad va cargando con restos de decisiones que nunca se revisan y el resultado es un enredo que no obedece a una lógica visible.

A veces se minimiza el asunto como si solo fuera un detalle estético frente a desafíos urbanos más urgentes. Pero el enredo no es solo un atentado estético: es evidencia de precariedad en la gestión del espacio común.

¿Quién vive tranquilo teniendo en casa una instalación donde los cables quedan expuestos y sobrecargados? ¿Por qué lo permitimos en la “casa común”? ¿Qué no hemos sido testigos constantes de que una maraña de cables es más vulnerable al viento, a la lluvia, a una rama que cae, a un choque que tensiona el poste?

El caos es siempre más difícil de inspeccionar y de mantener que el orden. Este caos elevado histórico ha dejado a la infraestructura básica a merced de la buena suerte para su correcto funcionamiento. El impacto se percibe en lo cotidiano: tantas calles donde el cableado colapsa, o invade fachadas y aturde a los habitantes con zumbidos constantes mientras compite con luminarias y atraviesa las copas de árboles —a los que destazan para que el cable siga su curso—, aniquilando cualquier intento de armonía visual. No importa cuánto se invierta en pavimento o mobiliario urbano; si el cielo urbano es un caos, la escena completa se percibe desordenada. La vista superior actúa como marco y si está deteriorado y caótico, la obra de arquitectura pierde fuerza.

Hay también una dimensión simbólica en este enredo porque el cielo urbano también es parte del espacio público y por lo tanto no debería de ser un depósito donde se puede colgar cualquier cosa sin consecuencias. Cuando lo que flota sobre nosotros es una maraña, el mensaje implícito es que lo común admite descuido. Ese mensaje termina permeando otras conductas: si arriba nadie ordena y todo mundo puede colgar sin orden, abajo ¿por qué no? El espacio público se vuelve territorio de acumulación, no de cuidado. La paradoja es evidente cuando Guadalajara ha mostrado capacidad para ejecutar proyectos ambiciosos, levantar edificios de gran escala, rediseñar tramos completos de ciudad. Sin embargo, el ordenamiento del cableado aéreo sigue pendiente. Es como si se invirtiera en el tratamiento facial más sofisticado mientras se ignora al peine. El resultado no es neutral y proyecta una imagen de provisionalidad permanente.

Desenredar esta melena urbana no es un asunto cosmético y ha de implicar la revisión de cómo es que se autorizan las instalaciones, cómo se supervisan, cómo se identifica a los responsables y cómo se retiran los elementos obsoletos. Implicará asumir que el espacio aéreo también pertenece a los habitantes y forma parte de nuestro paisaje urbano por lo que merece criterios claros para su uso y aprovechamiento. Implicará además entender que la tecnología evoluciona y que la ciudad no puede seguir acumulando capas sin depurarlas y eficientarlas.

Lo que hoy parece una greña inofensiva es, en realidad, una radiografía que nos muestra —de otra forma— cómo se toman decisiones fragmentadas, cómo se toleran residuos de intervenciones pasadas y cómo se posterga la limpieza estructural. No es un problema menor ni un capricho visual sino el reflejo de una ciudad que, en ciertos aspectos, sigue operando de forma desarticulada. Quizá debemos levantar la vista con mayor frecuencia y reconocer el enredo, aunque sin duda la solución no caerá del cielo. Hay que dejar de verlo como un paisaje inevitable y empezar a verlo como síntoma. Porque mientras el cielo de Guadalajara siga siendo una melena enredada de cables sin concierto, cualquier intento por proyectar orden en tierra quedará incompleto. Una ciudad puede cambiar su rostro muchas veces, pero si el cabello sigue sin peinar, nunca lucirá su mejor versión.

 

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