Opinión Política
OPINIÓN

El agotamiento de la política

Por Carlos E. Martínez Villaseñor

Abogado

Durante años creímos que la política se desgastaba por corrupción, por ineficiencia o por la incapacidad de los gobiernos para resolver problemas estructurales. Hoy el diagnóstico es más incómodo: la política se está agotando porque dejó de organizar el futuro y pasó a administrar emociones. México no vive una crisis ideológica; vive una crisis emocional del poder. La discusión pública ya no gira en torno a proyectos, diagnósticos o resultados, sino a estados de ánimo colectivos. Miedo, enojo, urgencia, indignación. La emoción antecede al dato y la reacción sustituye al análisis.

En ese terreno, gobernar ya no significa convencer, sino provocar. El poder dejó de construir consensos y comenzó a administrar reacciones. Este fenómeno no es exclusivo de México, pero aquí encuentra condiciones ideales. De acuerdo con encuestas nacionales recientes, la confianza ciudadana en instituciones clave, como el Congreso, los partidos políticos, las policías y los sistemas de justicia, se mantiene en niveles históricamente bajos. El ciudadano promedio no solo desconfía; está cansado. Y cuando el cansancio se vuelve permanente, la política deja de inspirar y comienza a desgastar.

La violencia es uno de los principales catalizadores de esta fatiga social. En 2024, México cerró con más de 33 mil homicidios, según cifras preliminares del INEGI. Pero el impacto va más allá del número. La violencia se normalizó en la conversación pública. Se volvió fondo, no excepción. La política, lejos de ofrecer salidas estructurales, suele convertirla en narrativa emocional: miedo para movilizar, enojo para polarizar, dolor para justificar. A este entorno se suma la economía emocional.

Aunque México mantiene una estabilidad macroeconómica relativa, la vida cotidiana cuenta otra historia. La inflación dejó huella en la percepción social y el ingreso familiar sigue dependiendo, en buena medida, de factores externos.

En 2024, las remesas alcanzaron un máximo histórico superior a 64 mil millones de dólares, de acuerdo con el Banco de México. Es un dato positivo, pero también revelador: millones de hogares resisten gracias a ingresos que no genera la economía interna. La política celebra la cifra, pero evita discutir su significado estructural.

En este contexto, la política emocional encuentra su mejor aliado en las plataformas digitales. Hoy, el algoritmo es un actor político más. No compite en elecciones, pero define qué emociones circulan y cuáles se amplifican. Diversos estudios recientes confirman que el contenido con carga negativa, como la ira, el miedo y la confrontación, genera mayor interacción y se distribuye con mayor rapidez que el contenido informativo o analítico. No es una falla del sistema; es su lógica de funcionamiento.

Así, el debate público se reduce a consignas, bandos y etiquetas. La política entra en campaña permanente, incluso fuera de los procesos electorales. Gobernar se vuelve comunicar. Comunicar se vuelve reaccionar. Y reaccionar se vuelve gobernar. En ese círculo, el largo plazo desaparece. La planeación es reemplazada por la urgencia y la estrategia por el impulso. México es especialmente vulnerable a este modelo porque combina polarización política, alta exposición digital y bajo nivel de confianza institucional. El resultado es una ciudadanía emocionalmente saturada: informada en exceso, comprendiendo poco y creyendo cada vez menos. El ciudadano deja de ser actor deliberativo y se convierte en espectador reactivo.

A nivel internacional, los datos confirman que no estamos solos en esta deriva. Organismos como “Freedom House” documentan más de una década continua de retroceso democrático en el mundo. Sin embargo, ese comparativo debe servir solo como espejo. El problema mexicano no es global en abstracto; es local en sus consecuencias. Aquí, la polarización no solo divide opiniones, erosiona vínculos sociales y debilita la capacidad del Estado para construir acuerdos mínimos.

La política emocional también explica por qué los grandes temas estructurales, como el agua, la infraestructura, la seguridad social y la justicia, quedan atrapados en el ruido. Todo es urgente, todo es escándalo, nada es profundo. La emoción acelera la agenda, pero la vuelve estéril. Se discute mucho y se resuelve poco. El verdadero riesgo no es que la democracia colapse de golpe, sino que se desgaste lentamente. Que la ciudadanía se acostumbre a la confrontación, a la improvisación y a la narrativa por encima del resultado. Que gobernar con emociones parezca normal. Que el ruido sustituya a la responsabilidad.

Porque cuando la política se rinde a la emoción, deja de ser herramienta de transformación y se convierte en espectáculo. Y un país gobernado desde el espectáculo puede movilizar multitudes, pero no puede construir futuro. Ahí reside el agotamiento más peligroso: no el de la política, sino el de una sociedad que empieza a creer que esto, el enojo permanente, la urgencia vacía y la confrontación sin salida, es lo único posible.

 

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