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Cuando la violencia toma la calle todos perdemos

BIODIVER-CIUDAD

Por Magdiel Gómez Muñiz

@magdielgmg

magdielgomez@gmail.com

“Siempre que el verdugo coincida con la víctima, ambos mueren”

Byung Chul Han

La violencia no es solamente un acto; es una atmósfera. No comienza con el disparo ni termina con el silencio posterior. Se instala como una niebla que modifica la forma en que caminamos, en que miramos al otro, en cómo habitamos la ciudad. Cuando la violencia brota, el espacio público se convierte en territorio de sospecha. Y en ese tránsito, todos perdemos.

Perdemos primero la confianza. Esa confianza mínima que permite cruzar una plaza sin pensar en la amenaza, subir al transporte público sin imaginar el peligro, mirar a los ojos sin interpretar hostilidad.

La violencia erosiona ese suelo que sostiene la vida común. No destruye solamente cuerpos; fractura vínculos. Nos encierra en nosotros mismos. Nos hace reducir la ciudad a trayectos estrictamente necesarios. La ciudad deja de ser espacio compartido y se vuelve espacio evitado.

¿Quién gana con ello? Nadie. Ni siquiera quien ejerce la violencia. El agresor también habita una sociedad que se repliega. También camina por calles más vacías, también vive bajo la sombra de la represalia. La violencia produce una ilusión de poder, pero es un poder negativo, vacío. No crea nada, solo sustrae. Sustrae tranquilidad, sustrae comunidad, sustrae futuro.

En este contexto emerge una psicosis post violencia. No se trata solo del trauma de las víctimas, sino de un trauma difuso que se expande por contagio. Las imágenes repetidas, los relatos amplificados, la conversación constante sobre el miedo convierten el acontecimiento en estado permanente. La excepción se normaliza. La violencia deja de ser un hecho aislado y se transforma en horizonte mental. Vivimos anticipando el próximo episodio. El cuerpo se mantiene en alerta. La ciudad se convierte en un campo de vigilancia mutua. Lo peor del caso es que, esta psicosis no es visible como una herida abierta, pero organiza nuestras conductas. Cambiamos rutinas, modificamos horarios, desconfiamos del desconocido. Se debilita el tejido comunitario. Y cuando estamos fragmentados, la violencia encuentra terreno fértil. Es un círculo que se retroalimenta: más miedo produce más aislamiento; más aislamiento produce menos comunidad; menos comunidad facilita más violencia.

Frente a este panorama, la respuesta inmediata suele ser punitiva. Más fuerza, más controles, más presencia coercitiva. Sin duda, el Estado tiene la obligación de garantizar seguridad. Pero la seguridad no puede reducirse a la vigilancia. Si la violencia destruye el vínculo, la solución debe comenzar por reconstruirlo.

Una posible solución a corto plazo no es solo más iluminación adecuada, actividades culturales constantes, mercados vecinales, deporte comunitario, presencia policial de proximidad. Donde hay vida comunitaria, la violencia encuentra resistencia. Donde hay rostros conocidos, disminuye la sospecha.

Al mismo tiempo, es indispensable atender la psicosis post violencia con dispositivos accesibles de apoyo psicológico comunitario. No basta con atender a la víctima directa; es necesario ofrecer información responsable y protocolos mediáticos que eviten la especulación del dolor. La violencia no debe convertirse en espectáculo. Cada repetición innecesaria es una reproducción simbólica del daño.

La pregunta inicial persiste: ¿quién pierde con la violencia en el espacio público? Perdemos todos porque perdemos la posibilidad de estar juntos sin temor. Perdemos la experiencia de lo común. Y sin lo común la democracia se vacía.

Se trata de volver a mirar al otro sin miedo. De volver a caminar sin sospecha. De recordar que la ciudad es, ante todo, una promesa de encuentro. Lo que es innegable es que: cuando la violencia toma la calle todos perdemos.

 

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