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Crisis de la comunicación

Por Juan Carlos Hernández Ascencio

Maestro en Gestión Social y Profesor de la Escuela de Filosofía de la UAG

El puente más antiguo de la humanidad  en comunicación es justo conectar con los demás por medio de la charla asidua, esperanzadora y hasta conquistadora; hoy sabemos leer, escribir, calcular  y diagnosticar pero no todos sabemos conversar, con el ánimo de encontrarnos con la otra persona, tan fundamental para bien del prójimo y el propio; quizá decimos “algo”, pero no sabemos decirlo bien como a veces lo pensamos, porque interviene el lenguaje no verbal, las poses, las actitudes individuales y por supuesto a veces por prejuicios insensatos.

Construir relaciones para tener una vida más plena, años más felices y una retroalimentación continua bajo un estándar de respeto, paciencia, empatía, torna importante el saber conversar, sin romper el puente comunicacional, al no interrumpir al otro, en una charla o discusión inclusive en donde debe imperar un interés genuino de la escucha atenta, en el arte de conversar asertivamente, empleando en su totalidad la comunicación efectiva. Como lo define Antonio Paoli: “Comunicación se entiende como el acto de relación entre dos o más sujetos, mediante el cual se evoca en común un significado”.

Hoy día la falta de conversación atenta es como una crisis silenciosa de la época actual; pues una de las características esenciales de los humanos en saber conversar y hacerlo para acortar distancias de todo tipo, solo que hay un problema: ha crecido la polarización entre un dialogo sostenido con las personas, cuando no se pone la debida atención, porque hay una interrupción constante y en ocasiones hasta álgida y negativa.

Lo único que esperamos en esa interlocución de dos o más personas es el momento de que “me toca a mi hablar”, y es entonces que queremos los reflectores y toda la atención del otro; sin embargo, hay que conectar de manera mucho más importante cuando es para escuchar al otro con oídos atentos, inteligencia y toda atención porque se construye en conjunto y no solo es responsabilidad de una persona como si fuera un soliloquio. Es menester dar el primer paso al preguntar, ¿cómo se encuentra en ese momento?  y no dar una impresión meramente personal individual sin ocuparse del otro.

Se necesita el arte de conversar para ser civilizado en el mundo, ello es un alimento del alma, que, al no hacerlo se está destruyendo, cuando no generamos el valor de iniciar la conversación real, sin armas (escuchar al otro), sin mascaras (me muestro como soy) y sin prisas, (requiere tiempo) por ello se debe atender, persona a persona, sin nada de por medio, como el uso de aparatos distractores y un amplio espectro en los vicios que interrumpen la comunicación.

¿Cuántas parejas no se conocen porque no conversan? ¿cuántas familias viven realidades distintas por ello mismo?, al no comunicarse, intercambiar puntos de vista valiosos, en la propia caridad, aceptación y reflexión para querer entenderse entre ellos, se está aislando cada día aún más y ello atenta con lo básico para vivir en sociedad: el intercambio de motivaciones comunicacionales.

Favorezcamos la utilidad de nuestro tiempo, en minutos, horas y días, de comunicar de forma agradable, de escucha total y directa, en beneficio de quien nos busca para atenderle como se merezca; empecemos por educar nuestro trato atento y cordial para bien escuchar, luego entonces, vendrá por añadidura el bien decir: hoy más que antes debemos ser sensibles y ocuparnos en atender al de enfrente, volver a los orígenes de la construcción de sociedad en forma directa y con valores, uno de ello es darle sentido y valor a la palabra, y  justo, el saber conversar.

Podemos entender entonces que la falta de comunicación provoca crisis; ejemplos los ve usted en los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, un día sí y otros también, en que no se dan acuerdos, pactos ni voluntades unidas para que se vean los beneficios en políticas públicas, en gobernanza y estabilidad social; hagamos un espacio, un alto para atender con cordialidad con quienes interactuamos. ¡Hágale pues!

 

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