Por Gilberto Ortega Valdés
Analista Político
Guadalajara cumple 484 años desde su fundación definitiva en el Valle de Atemajac el 14 de febrero de 1542. Nació como un asentamiento seguro tras tres intentos fallidos, pero desde entonces su vocación fue clara: convertirse en la capital política, religiosa y económica del occidente de la Nueva España. Desde entonces, su historia ha sido la de una ciudad que no solo crece, sino que se reinventa, impulsada por el carácter de su gente y por la fuerza de sus comunidades.
La Guadalajara que fue se construyó entre templos, plazas, mercados y barrios que dieron identidad a nuestra vida colectiva. Fue cuna de movimientos sociales, de expresiones culturales profundas y de instituciones educativas que marcaron el rumbo del país. En sus calles se forjó el orgullo por las tradiciones, la vocación comercial y el espíritu solidario que nos define.
La Guadalajara que es hoy refleja la complejidad de una gran metrópoli. Somos un polo tecnológico, educativo y económico que atrae inversión, talento y oportunidades. La ciudad se expande, se moderniza y se conecta con el mundo. Sin embargo, también enfrentamos grandes retos que exigen responsabilidad colectiva: reducir desigualdades que persisten entre zonas de la ciudad, mejorar una movilidad que nos quita horas de vida cada día, fortalecer la seguridad, cuidar el espacio público y consolidar instituciones que generen confianza real. En este presente, Guadalajara no solo se define por su crecimiento, sino por la capacidad de su sociedad para dialogar, organizarse y construir soluciones comunes.

La Guadalajara que soñamos es aquella que logra equilibrar progreso con bienestar social. Una ciudad donde el desarrollo económico se traduzca en mejores condiciones de vida para todas y todos; donde el diálogo sea la primera vía para resolver diferencias; donde los barrios sigan siendo espacios de comunidad y no de abandono; donde las instituciones sean cercanas, eficaces y humanas; y donde la ciudadanía participe activamente en la construcción de nuestra casa común.
Soñar Guadalajara no significa imaginar una ciudad perfecta, sino comprometernos con una ciudad humana, innovadora, incluyente y solidaria. Una ciudad que se construye desde lo cotidiano: en cada vecindad que cuida su parque, en cada líder comunitario que une a su colonia, en cada servidor público que escucha, en cada empresa que genera empleo digno y en cada persona que decide involucrarse en su entorno.
A 484 años de su fundación, el mejor homenaje que podemos hacerle a Guadalajara no es solo recordar su pasado ni describir su presente, sino asumir la responsabilidad de construir su futuro. Porque, como bien lo dice la presidenta municipal Verónica Delgadillo, Guadalajara la hacemos todas y todos. Y esa no es una consigna: es un compromiso de gobierno y una invitación a cada tapatío y tapatía para que, desde su trinchera, siga construyendo la ciudad que merecemos.



