Opinión Política
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BIODIVER-CIUDAD

Reflexiones tapatías

Por Magdiel Gómez Muñiz

Politólogo

@magdielgmg 

14 de febrero de 2026, 484 aniversario de mi Guadalajara. La nombro mía no por posesión sino por pertenencia desde una emoción que nace, casi literariamente, al ritmo de la brisa de Los Colomos. Le hablo a mi Guadalajara eterna, a la Perla de Occidente que durante décadas se reconoció por el aroma a tierra mojada tras la lluvia, por los rosales que coloreaban los camellones y por el eco de los mariachis que daban identidad sonora a sus plazas. Esa ciudad entrañable que persiste en la memoria colectiva, pero que hoy convive con otra narrativa: sin culpables, pero con omisiones (muchas) las heridas abiertas y las nostalgias revelan que algo se ha ido quedando en el camino.

Celebrar no solo debería ser un acto ceremonial, sino un ejercicio de balance. ¿Qué hemos ganado como Metrópoli y qué hemos perdido como comunidad? Diría el célebre Cantinflas, “ahí está el detalle”. Me queda claro que hemos crecido en infraestructura, el dinamismo económico es innegable, con gran proyección global traemos justas deportivas internacionales, pero he sido testigo de como se diluye su vida barrial, su sentido de cercanía, por qué no llamarlo, su escala humana. El crecimiento urbano desbordado junto con la normalización de la violencia cotidiana ha ido desplazando aquella promesa de ciudad amable que alguna vez fue su sello.

Quizá el mayor riesgo no sea el cambio en sí mismo, sino la falta de conversación pública sobre el rumbo a considerar. Guadalajara necesita debatir con honestidad temas que solemos posponer, por ejemplo, el derecho a una ciudad habitable para personas mayores y poblaciones vulnerables, la recuperación del espacio público de manos de los delincuentes, la gestión del agua, la movidad que no solo priorice al automóvil y lo que considero muy importante, la preservación del patrimonio cultural frente a la “lógica” inmobiliaria. Sé que hay muchos temas más. Al tiempo.

Escribirle a Guadalajara en su aniversario es, en el fondo, escribirnos a nosotros mismos. Porque la ciudad no se erosiona sola, se transforma según las decisiones y omisiones de quienes la habitamos. Si algo queda claro es que el amor por la ciudad no puede reducirse a la nostalgia, tal vez la verdadera celebración consista en atrevernos a conversar sobre lo que incomoda, en proyectar con inteligencia colectiva, lo que aún podemos ganar.

Si esta ciudad es una historia de permanente escritura, ojalá estas líneas sean apenas un diálogo abierto, una invitación a mirar lo que damos por hecho y a redescubrir lo que aún nos puede sorprender. Nos leemos en quince días, para seguir pensando con la ciudad de fondo, cómo hacer de lo público un espacio de reflexión compartida con una dosis de esperanza bien argumentada.

P.d. Guadalajara es una de las economías urbanas más dinámicas del país y, al mismo tiempo, una ciudad donde sus traslados diarios roban horas de vida. Quizá el dato más importante no sea cuánto producimos, sino cuánto bienestar logramos sostener. Gracias totales.

 

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