Opinión Política
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Traer a Fukuyama al México actual

Por Carlos Anguiano

Analista Político

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@carlosanguianoz

En 1992, tras la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética, “El fin de la historia y el último hombre”, del politólogo estadounidense Francis Fukuyama, irrumpió como una provocación intelectual de gran calado. No anunciaba el fin de los acontecimientos, sino algo más inquietante: el posible agotamiento de las grandes alternativas ideológicas al liberalismo democrático.

Fukuyama sostenía que, tras siglos de disputas entre monarquías, fascismos y comunismos, la democracia liberal y la economía de mercado habían demostrado ser el modelo político más viable y deseable. No porque fuera perfecto, sino porque ninguna otra ideología ofrecía una respuesta más convincente a las aspiraciones humanas de libertad, reconocimiento y prosperidad.

La tesis fue celebrada, criticada y caricaturizada. Sin embargo, más de treinta años después —en un mundo marcado por populismos, autoritarismos renovados, desigualdad y polarización— el libro no sólo no perdió vigencia: se volvió incómodamente actual. El núcleo del libro descansa en una lectura filosófica de Hegel, mediada por Alexandre Kojève. Fukuyama argumenta que la historia avanza impulsada por el deseo de reconocimiento (thymos), no sólo por la economía o la tecnología. Las personas no buscan únicamente bienestar material; buscan dignidad, igualdad y sentido. En uno de los pasajes más citados, advierte: “Lo que finalmente impulsa la historia no es la lucha por el sustento, sino la lucha por el reconocimiento.” La democracia liberal, afirma, es el régimen que mejor satisface esa demanda, al reconocer jurídicamente a todos como ciudadanos iguales. El problema es que ese reconocimiento nunca es definitivo ni automático.

La parte más inquietante del libro no es su optimismo, sino su advertencia. Fukuyama retoma a Nietzsche para describir al “último hombre”: un ciudadano satisfecho, cómodo, despolitizado, que ha cambiado la grandeza por la seguridad y la libertad por la rutina. “El último hombre ya no aspira a ser grande; sólo aspira a estar cómodo.”  Aquí aparece la paradoja: la democracia puede triunfar tanto que termine vaciándose de espíritu, produciendo ciudadanos apáticos, vulnerables a liderazgos autoritarios que prometen identidad, orgullo o revancha.

Esta reflexión resuena hoy con fuerza en México, donde amplios sectores conviven entre el desencanto institucional, la polarización política y una creciente personalización del poder.

Actualmente México vive una tensión profunda entre democracia electoral y debilidad institucional, entre derechos formales y reconocimiento real. El libro obliga a preguntarnos si la democracia mexicana está construyendo ciudadanos o simplemente administrando mayorías. La trascendencia del pensamiento de Fukuyama  radica en que la democracia no se sostiene sólo con elecciones, sino con cultura política, instituciones fuertes y ciudadanos exigentes. Cuando el reconocimiento se sustituye por clientelismo, y la pluralidad por lealtad, la historia —lejos de terminar— regresa con fuerza.

“El fin de la historia y el último hombre” no es una profecía fallida, como a veces se le acusa. Es una advertencia filosófica: el triunfo de la democracia puede contener las semillas de su desgaste si se renuncia a la responsabilidad cívica, al pensamiento crítico y a la defensa institucional. Leerlo hoy, en medio de debates sobre poder, concentración política y futuro democrático, no es un ejercicio académico. Es una forma de recordar que la historia no se detiene cuando creemos haber ganado, sino cuando dejamos de cuidarla.

En el México de 2025, la lectura de “El fin de la historia y el último hombre” resulta particularmente reveladora. Los partidos políticos, más que confrontar proyectos de nación, se confunden ideológicamente y se asemejan por sus vacíos: carecen de pensamiento estructurado, de convicciones reconocibles y de coherencia entre discurso y práctica. Este fenómeno encarna la advertencia de Fukuyama sobre el “último hombre”: organizaciones cómodas con la administración del poder, reacias al debate de ideas y desconectadas del anhelo ciudadano de reconocimiento. Cuando las diferencias se diluyen y la política se reduce a narrativas tácticas, la democracia se vacía de contenido, abriendo espacio al personalismo, a la polarización simbólica y al desencanto cívico. El problema no es la ausencia de ideologías alternativas, sino la renuncia a tomarlas en serio. Ahí, precisamente, la historia vuelve a moverse.

 

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