No es milagro: es política, disciplina y geopolítica
Por Amaury Sánchez G.
Analista Político
Durante décadas, el mexicano aprendió a temerle al dólar como se le teme a una tormenta anunciada. Bastaba una crisis política, un rumor financiero o un mal cálculo presupuestal para que la moneda nacional se deslizara sin freno, llevándose consigo precios, salarios y tranquilidad. Por eso hoy, cuando el tipo de cambio se mantiene por debajo de los 18 pesos por dólar, conviene hacer una pausa y explicar, sin triunfalismos ni cuentos de hadas, por qué el peso está fuerte y qué significa realmente para los ciudadanos.
Porque no: no es magia, no es casualidad y tampoco es un golpe de suerte. La disciplina que no se ve, pero se paga… o se cobra
El primer factor es interno y tiene nombre poco popular: disciplina fiscal. Durante años, los mercados castigaron a México cada vez que el gasto público se salía de control o la deuda crecía sin respaldo. Hoy ocurre lo contrario. El gobierno ha mantenido un manejo responsable de las finanzas públicas, evitando déficits desbordados y enviando una señal clara: el Estado mexicano paga, cumple y no improvisa.
Eso, que para el ciudadano parece abstracto, es clave. Los inversionistas, esos que mueven miles de millones sin votar ni hacer discursos, premian la estabilidad. Y cuando confían, el peso se fortalece.
Banxico: la credibilidad como ancla
A esto se suma una política monetaria creíble. El Banco de México ha sostenido tasas de interés altas para contener la inflación, decisión impopular pero efectiva. Aquí entra un concepto incómodo pero real: el diferencial de tasas. México paga más por el dinero que Estados Unidos, y eso atrae capitales financieros que buscan rendimiento.
¿Riesgo? Sí. ¿Beneficio inmediato? También.
Ese flujo ayuda a sostener el tipo de cambio, aunque no debe confundirse con desarrollo de largo plazo. Spota lo habría dicho sin rodeos: el dinero que entra por interés se va por miedo.
Remesas: el verdadero salvavidas silencioso
Hay otro pilar que rara vez se reconoce con justicia: las remesas. Millones de dólares llegan cada mes desde Estados Unidos, no por especulación, sino por trabajo duro de mexicanos que sostienen familias enteras. Ese flujo constante de divisas actúa como un amortiguador natural frente a la volatilidad. No es discurso político: es contabilidad pura.
Nearshoring: México en el tablero global
Pero el factor más geopolítico es el nearshoring. En un mundo fracturado por la rivalidad entre Estados Unidos y China, México ha recuperado valor estratégico. Producir cerca del mercado estadounidense, con reglas claras y estabilidad macroeconómica, vuelve a colocar al país en una posición privilegiada.
No se trata solo de fábricas: se trata de confianza geopolítica. México hoy es visto como un socio confiable en un escenario global cada vez más incierto.
Lo que el peso fuerte sí es… y lo que no. Aquí conviene hablarle claro al ciudadano.
Un peso fuerte, ayuda a contener la inflación, reduce el costo de importaciones, da estabilidad a precios clave como combustibles y alimentos importados, pero no garantiza bienestar automático, ni mejores salarios, ni crecimiento parejo. La fortaleza cambiaria es una condición necesaria, no suficiente. El riesgo es caer en la complacencia: creer que mientras el dólar esté barato, todo va bien. No es así. Si esta estabilidad no se traduce en inversión productiva, empleo y crecimiento interno, el músculo cambiario se vuelve solo un dato para titulares.
El verdadero reto
México hoy no enfrenta una crisis cambiaria, y eso ya es una noticia mayor en un mundo sacudido por guerras, inflación y reacomodos globales. El peso fuerte refleja orden, disciplina y una lectura correcta del momento internacional.
El desafío, y aquí está la política real, es convertir esta estabilidad en desarrollo, no en propaganda. Porque el ciudadano no vive del tipo de cambio, vive del ingreso, del empleo y del futuro. Y eso, como diría Turriza, no lo define el mercado solo, sino el poder que sabe cuándo usarlo y cuándo no.
El peso fuerte camina sobre una cuerda floja
Si en la primera parte quedó claro que la fortaleza del peso no es un accidente, en esta segunda conviene decir lo que casi nadie quiere escuchar: ninguna moneda fuerte es invencible. Menos aún en un país emergente que depende, para bien y para mal, del humor de los mercados, de la política interna y de un tablero geopolítico que cambia más rápido que los discursos oficiales. El peso hoy camina firme, sí, pero lo hace sobre una cuerda floja. El dinero que llega rápido, se va más rápido.
Uno de los principales riesgos es el mismo que hoy sostiene al tipo de cambio: el capital financiero de corto plazo. El diferencial de tasas de interés atrae dinero que no viene a construir fábricas ni a generar empleos, sino a aprovechar rendimientos altos. Ese capital no tiene patria ni paciencia. El problema es sencillo: cuando bajen las tasas en México o suban en Estados Unidos, ese dinero puede salir con la misma velocidad con la que llegó. Y cuando eso ocurre, el peso no pregunta, reacciona. La historia mexicana está llena de ejemplos.
Estados Unidos: el factor que no se vota, pero manda
El segundo riesgo no está en Palacio Nacional ni en Banxico, sino en Washington. Una recesión en Estados Unidos, un cambio brusco en su política monetaria o un giro proteccionista más agresivo pueden golpear de frente a México. Menos exportaciones, menos inversión, menos remesas. El peso depende, aunque incomode decirlo, de la salud de la economía estadounidense. Y esa dependencia es estructural, no ideológica.
Nearshoring: promesa que aún debe cumplirse
El nearshoring ha fortalecido expectativas, pero no es un hecho consumado. Muchas inversiones anunciadas aún no se materializan, y otras están condicionadas a factores que México no ha resuelto del todo: infraestructura, energía suficiente, seguridad jurídica y certeza regulatoria. Si el nearshoring se queda en discurso y no en plantas productivas, la confianza puede evaporarse, y con ella, parte del soporte cambiario.
El riesgo político interno: cuando la señal se nubla
Los mercados leen la política con lupa. Reformas mal comunicadas, confrontaciones innecesarias o señales de debilitamiento institucional pueden alterar la percepción de estabilidad. No se trata de ceder soberanía, sino de entender una realidad incómoda: la confianza se construye lentamente y se pierde en minutos. El peso no castiga ideologías; castiga incertidumbres.
Remesas: fortaleza que también tiene límite
Las remesas han sido un pilar, pero dependen del empleo de los migrantes en Estados Unidos. Si ese mercado laboral se enfría, el flujo puede disminuir. Además, confiar demasiado en ellas es aceptar una paradoja dolorosa: la estabilidad interna depende del trabajo que se hace fuera. Eso no es estrategia económica, es resistencia social.
El error más peligroso: creer que ya ganamos
Tal vez el mayor riesgo es el psicológico. Cuando una moneda se fortalece, aparece la tentación de gastar más, relajar la disciplina o usar el tipo de cambio como trofeo político. Ahí es donde empiezan los problemas. México ya vivió ese guion.
El peso fuerte no es un blindaje, es una ventana de oportunidad. Si se usa para fortalecer el mercado interno, impulsar inversión productiva y elevar ingresos reales, la estabilidad puede durar. Si se usa para el aplauso fácil, la factura llega después.
El cierre incómodo
El peso no está fuerte porque el país sea invulnerable, sino porque hoy hace varias cosas bien en un mundo que hace muchas mal. Pero la cuerda floja sigue ahí. La pregunta no es si el peso puede caer.
La pregunta es qué tan preparado está México para que, cuando el viento cambie, no se rompa el equilibrio. Como diría Spota, sin adornos: la estabilidad no se presume, se administra. Y casi siempre, se pone a prueba cuando el aplauso se apaga.
El peso fuerte no se come: cómo convertir la estabilidad en bienestar
Después de explicar por qué el peso está fuerte y advertir que camina sobre una cuerda floja, llega la pregunta que al ciudadano realmente le importa: ¿y esto en qué me beneficia? Porque ninguna moneda se come, ningún tipo de cambio paga la renta y ningún gráfico financiero llena el refrigerador. La estabilidad cambiaria es un medio, no un fin. Y si no se transforma en bienestar tangible, termina siendo solo un dato elegante para economistas y políticos.
La ventana que no dura para siempre. Un peso fuerte abre una ventana que rara vez se presenta en países emergentes: previsibilidad. Cuando la moneda se estabiliza, bajan los riesgos, se facilita la planeación y se abarata el costo de importar tecnología, maquinaria e insumos clave. Esa es la oportunidad. El error es usarla para el consumo fácil o el aplauso inmediato. La estabilidad debe servir para invertir mejor, no para gastar más.
Inversión productiva: el eslabón perdido
El primer paso para convertir estabilidad en bienestar es dirigirla hacia inversión productiva real: fábricas, logística, innovación, cadenas de valor nacionales. No basta con que el dinero llegue; debe quedarse y generar empleos formales. Aquí la política económica se vuelve política social. Un empleo estable vale más que mil discursos sobre fortaleza macroeconómica. Si el peso fuerte no se traduce en trabajo bien pagado, su fortaleza es frágil y su legitimidad, nula.
Salarios reales: la medida que no se maquilla
El ciudadano no mide la economía en dólares, la mide en poder de compra. Un peso estable ayuda a contener la inflación, pero solo si los salarios crecen por encima de ella se convierte en bienestar. El reto es claro: salarios reales al alza sin perder competitividad. Eso exige productividad, capacitación y política industrial, no solo buenas cifras cambiarias. Aquí se juega la verdadera batalla política.
Nearshoring con contenido nacional
Si el nearshoring se queda en ensamblaje barato, el beneficio será limitado. El objetivo debe ser integrar proveedores nacionales, desarrollar talento local y elevar el valor agregado. De lo contrario, el país solo será un pasillo productivo con moneda estable… hasta que deje de serlo. La estabilidad del peso debe servir para subir de nivel, no para repetir viejos modelos.
Disciplina fiscal con sentido social
Mantener orden en las finanzas públicas no significa abandonar la inversión social. Significa gastar mejor. La estabilidad cambiaria permite planear políticas públicas de largo plazo, sin sobresaltos inflacionarios ni devaluaciones que pulvericen presupuestos. El equilibrio no es austeridad ciega ni gasto desbordado: es inteligencia fiscal.
El mensaje que sí importa Al ciudadano hay que decirle la verdad completa: Un peso fuerte no es garantía de prosperidad, pero sin estabilidad monetaria no hay prosperidad posible. Hoy México tiene una base que antes no tenía. La pregunta es si sabrá usarla. Porque cuando la estabilidad no se aprovecha, se desperdicia. Y cuando se desperdicia, no vuelve pronto.
El cierre necesario
El peso no debe ser un trofeo político ni un consuelo estadístico. Debe ser una herramienta para construir futuro. Si esta estabilidad se convierte en empleo, salarios y crecimiento interno, habrá valido la pena. Si no, será apenas un buen recuerdo en la siguiente crisis.
Como habría escrito Fong, con la frialdad de quien conoce el poder: las monedas fuertes no salvan países; los países se salvan cuando saben qué hacer mientras la moneda aún resiste.




