Opinión Política
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“El mundo 2025 no colapsa: se desgasta”

Por Carlos E. Martínez Villaseñor

Abogado

No estamos presenciando el fin del mundo. Estamos viviendo algo más complejo, más silencioso y quizá más peligroso: el desgaste del sistema que lo sostiene. El orden global no se rompe de golpe; se vacía lentamente de sentido. Sigue funcionando, pero cada vez con menor legitimidad, menor cohesión y menor capacidad de colocar al ser humano en el centro de las decisiones.

El planeta opera hoy bajo una paradoja estructural: nunca hubo tanta capacidad tecnológica, financiera y productiva, y nunca el sistema estuvo tan cerca de un punto de saturación política, social y económica. No es colapso, es agotamiento. No es caos absoluto, es desorden normalizado. Los datos lo confirman. La deuda global ya supera el 330 % del PIB mundial, el nivel más alto desde que existen registros consolidados. Tan solo en economías avanzadas, el gasto público supera sistemáticamente el crecimiento real, financiado por deuda y emisión. No es solo una cifra contable, es la evidencia de un modelo que decidió sostener el presente comprometiendo el futuro. Gobiernos, empresas y hogares sobreviven a base de crédito, no de productividad.

El sistema avanza, pero lo hace con respiración asistida. El crecimiento económico global se mantiene alrededor del 3 % anual, por debajo de su promedio histórico. La inflación ha cedido en varias economías, pero continúa presionando el poder adquisitivo y profundizando desigualdades.

El ingreso real de millones de personas no se ha recuperado al ritmo de los precios. Los bancos centrales enfrentan un dilema permanente: endurecer frena la economía; flexibilizar reactiva inflación y deuda. No existen decisiones limpias, solo equilibrios cada vez más frágiles.

En paralelo, el conflicto dejó de ser excepcional. Hoy la guerra ya no es un evento aislado, sino una condición estructural. Más de cincuenta conflictos armados activos conviven con disputas comerciales, guerras tecnológicas y batallas informativas. La inversión en defensa global alcanzó niveles récord, mientras la diplomacia pierde capacidad de contención.

El mundo se acostumbró a vivir en tensión constante, como si el ruido de fondo fuera parte natural del sistema. La geopolítica perdió su centro. Estados Unidos conserva poder económico y militar, pero perdió autoridad moral y capacidad de liderazgo global. China crece, pero genera desconfianza por su modelo político y estratégico. Europa regula, pero no lidera ni impone rumbo. El resultado es un orden internacional fragmentado, donde las alianzas son tácticas, temporales y volátiles. La estabilidad dejó de ser estructural y se volvió circunstancial.

A este escenario se suma un factor decisivo: la tecnología avanzó más rápido que la política. La inteligencia artificial, la automatización y el control de datos ya impactan empleo, seguridad, finanzas y procesos democráticos. Sin embargo, los marcos regulatorios siguen anclados en otra época. Hoy, quien controla la infraestructura digital concentra poder real sin necesidad de pasar por elecciones ni contrapesos institucionales. En este contexto, el ser humano se volvió periférico. La política se rige cada vez más por emociones que por proyectos. El miedo, la indignación y la urgencia sustituyeron al debate racional. Gobernar dejó de ser construir futuro y se convirtió en administrar crisis. Las decisiones públicas se toman pensando en horas o semanas, no en décadas.

América Latina y México en particular, no están al margen de esta dinámica global; son espejo y consecuencia. Economías abiertas, dependientes del comercio, la inversión y la estabilidad financiera internacional, resienten con mayor fuerza la volatilidad global. La región combina bajo crecimiento, alta informalidad, presión social y fragilidad institucional, en un contexto donde el margen de maniobra fiscal es cada vez más reducido.

México enfrenta este escenario con fortalezas relativas, como su integración productiva y estabilidad macroeconómica, pero también con riesgos estructurales: desigualdad persistente, inseguridad, presión hídrica y un entorno internacional cada vez menos predecible. En un mundo desgastado, los países que no entiendan el contexto global difícilmente podrán atender lo local con eficacia. Incluso el entretenimiento cumple una función estructural. Deportes, espectáculos y redes sociales conviven con guerras, inflación y crisis climática. No es frivolidad: es anestesia social. El sistema necesita distracción constante para evitar que el desgaste se transforme en ruptura.

Mientras tanto, el planeta envía señales inequívocas. 2024 fue el año más caluroso jamás registrado, y el objetivo de limitar el calentamiento global a 1.5 °C se aleja peligrosamente. No por falta de diagnóstico, sino por falta de voluntad política y coordinación global. La transición energética avanza, pero de forma desigual, lenta y fragmentada frente a la magnitud del problema. Nada de esto anuncia un apocalipsis inmediato. Anuncia algo más inquietante: la normalización del desorden. Un mundo cansado de sí mismo, atrapado en su propia complejidad. No hay colapso súbito, pero sí desgaste continuo. No hay caos total, pero sí un sistema que sigue operando sin equilibrio ni dirección clara.

El mensaje de fondo es contundente: no enfrentamos una crisis pasajera, sino una era completa. Comprender lo global ya no es un ejercicio académico, sino una necesidad estratégica. Solo entendiendo el desgaste del mundo será posible atender, con realismo y responsabilidad, lo específico.

El mundo no se está cayendo. Se está quedando sin energía política, social y moral para sostener lo que construyó. Y ese es, quizá, el verdadero desafío de los años por venir

 

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