Opinión Política
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Cuando los derechos se vuelven ventajas

Por Ismael Zamora Tovar

Doctor en Educación

En el debate público mexicano, la palabra privilegio suele asociarse a excesos, corrupción o beneficios indebidos de élites políticas y económicas. Sin embargo, esta comprensión es incompleta. El privilegio no se limita a concesiones ilegales o abusos visibles; también adopta formas estructurales, normalizadas y silenciosas, especialmente cuando bienes que deberían ser derechos universales dependen, en la práctica, de la posición socioeconómica.

Desde esta perspectiva, el privilegio no es simplemente “tener más”, sino estar sistemáticamente menos expuesto a riesgos y carencias. En México, esta lógica atraviesa ámbitos fundamentales como la salud, la educación, la seguridad y la movilidad.

La Constitución mexicana reconoce derechos como la salud, la educación, la seguridad y la libre movilidad. No obstante, existe una brecha persistente entre el derecho formal y su realización efectiva. Cuando el acceso oportuno y de calidad a estos bienes depende del ingreso, el empleo formal, el territorio o las redes sociales, el derecho se transforma de facto en privilegio.

En salud, por ejemplo, la fragmentación del sistema ha generado una estratificación clara. Quien puede pagar atención privada o cuenta con seguridad social accede a diagnósticos tempranos, continuidad en tratamientos y menor incertidumbre. Quien no, enfrenta desabasto, saturación y demoras críticas. La diferencia no es solo de comodidad: es de probabilidad de vivir o morir.

Algo similar ocurre en la educación. Aunque el acceso está ampliamente extendido, la calidad educativa sigue profundamente asociada al origen social. Escuelas privadas o públicas bien dotadas ofrecen idiomas, conectividad, redes y acompañamiento; otras apenas garantizan lo básico. En este contexto, el mérito académico no parte del mismo punto y la educación, lejos de corregir desigualdades, tiende a reproducirlas.

La seguridad y la movilidad ilustran con claridad cómo opera el privilegio cotidiano. En carreteras, por ejemplo, las vías de cuota ofrecen mejores condiciones, auxilio vial y menor riesgo, mientras que las carreteras libres concentran deterioro e inseguridad. Quien puede pagar reduce su exposición; quien no, asume mayores riesgos físicos y patrimoniales.

Este patrón se repite en las ciudades: vivir en zonas bien conectadas, iluminadas y vigiladas es una ventaja asociada al ingreso. La inseguridad no se distribuye al azar; se concentra territorial y socialmente. Más allá de la salud, la educación o la seguridad, en México operan privilegios estructurales menos visibles pero igualmente decisivos: contar con empleo formalabre el acceso a seguridad social, pensión y crédito; disponer de tiempo suficiente, es decir sin traslados extenuantes ni sobrecarga de cuidados, marca una diferencia profunda en la calidad de vida; tener capacidad jurídica real permite acceder a la justicia y evitar la criminalización; el territorio donde se nace o se vive condiciona de manera determinante las oportunidades disponibles; y el acceso digital se ha vuelto clave para estudiar, trabajar y ejercer derechos. Estos privilegios suelen pasar desapercibidos porque se viven como “normalidad”, y justamente por ello resultan tan difíciles de identificar y cuestionar en el debate público.

Reconocer el privilegio no equivale a negar el mérito ni a culpar individualmente. El problema surge cuando el mérito se usa para legitimar ventajas estructurales o para ignorar las condiciones desiguales de partida. En sociedades profundamente desiguales, el mérito explica trayectorias, pero no justifica desigualdades persistentes en bienes básicos.

Desde una perspectiva ética, el problema central no es que existan diferencias, sino que la exposición al riesgo y a la carencia dependa del origen social. Cuando evitar la enfermedad, el rezago educativo o la violencia requiere pagar, estamos ante privilegios injustos, no ante diferencias legítimas.

Hablar de privilegio en México no es un ejercicio retórico ni un señalamiento moral individual, sino una herramienta para comprender cómo derechos formales se transforma en ventajas desiguales según el origen social, el ingreso o la posición institucional. Cuando la salud, la educación, la seguridad, la movilidad o la justicia dependen de la capacidad de pago o de las redes disponibles, el privilegio se vuelve estructural y profundamente injusto.

En este contexto, resulta imposible ignorar el privilegio de los políticos, quienes concentran poder decisional, acceso a recursos, protección material y, en muchos casos, una distancia jurídica y simbólica respecto de la ciudadanía. El problema no es que el ejercicio del cargo requiera condiciones especiales, sino que estas se vuelvan permanentes, opacas y desvinculadas de la rendición de cuentas, reforzando la percepción de una élite separada del resto de la sociedad.

En última instancia, una democracia justa no es aquella que niega las diferencias, sino aquella que impide que el bienestar, la seguridad y la protección dependan del cargo, la cuna o el dinero, y exige que todo privilegio institucional esté estrictamente subordinado al servicio público y al bien común.

 

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