Por Gilberto Ortega Valdés
Analista Político
El gobierno federal cerró 2025 presumiendo un supuesto “récord histórico” en la creación de empleo formal. La cifra luce bien en el discurso oficial, pero es profundamente engañosa. México no está generando empleo formal suficiente; buena parte de lo que hoy se celebra no es creación real de puestos, sino simple registro administrativo. Confundir formalización estadística con dinamismo económico no es un error técnico: es una decisión política.
Entre 2015 y 2025, los trabajadores registrados ante el IMSS pasaron de poco más de 17 millones a alrededor de 22.5 millones. El dato agregado sirve para la narrativa, pero oculta lo esencial. Hubo crecimiento previo a la pandemia, un colapso en 2020 y un rebote mecánico en 2021 y 2022 derivado de la reapertura. A partir de 2023, el ciclo se agotó. El empleo formal dejó de crecer y entró en una etapa clara de estancamiento.
Las cifras de la segunda mitad del sexenio son contundentes. 2024 fue uno de los peores años en generación de empleo formal en al menos quince años. En 2025, el país apenas sumó alrededor de 278 mil plazas netas. Una cifra claramente insuficiente para una economía que necesita cerca de un millón de empleos nuevos cada año solo para no empeorar. No para avanzar; para no retroceder. El problema no es coyuntural. Es estructural.
El “milagro” laboral de 2025 tiene nombre y apellido: las plataformas digitales. La incorporación de repartidores y conductores de aplicaciones al IMSS es, sin duda, un avance en términos de derechos laborales. Nadie serio discute la necesidad de que estas personas cuenten con protección social. El problema es presentar este registro como creación de empleo. No lo es.
Diversos análisis coinciden en que, de los casi 279 mil empleos formales reportados, apenas alrededor de 70 mil corresponden a nuevos puestos productivos. El resto son trabajadores que ya estaban ocupados y que hoy simplemente aparecen en la estadística. No hubo un salto en inversión, ni una expansión productiva, ni un aumento sustantivo en contrataciones que respalde el discurso de “récord histórico”. Hubo maquillaje: un ajuste contable elevado a narrativa de éxito.
Debajo del dato, la realidad es más cruda. El mercado laboral mexicano sigue sostenido por empleo precario, alta rotación, trabajos por encargo y una informalidad que supera la mitad de la población ocupada. La diferencia es que ahora parte de esa precariedad cotiza parcialmente al IMSS, sin estabilidad, sin carrera laboral y con ingresos insuficientes. Formalidad en el papel; fragilidad en los hechos.
¿Por qué se frenó el empleo formal? Porque la política económica decidió ignorar el costo de sus propias decisiones. La desaceleración del crecimiento, la caída de la inversión y un consumo débil redujeron la demanda de trabajo en los sectores que realmente generan empleo formal. Al mismo tiempo, el Estado encareció sistemáticamente la contratación: aumentos acumulados al salario mínimo sin una estrategia clara de productividad, restricciones al outsourcing, ampliación de obligaciones laborales y mayores cuotas de seguridad social.
El resultado era previsible. Las grandes empresas resisten; las micro y pequeñas se asfixian. Muchas optan por no crecer, otras por mantenerse en la informalidad y algunas por esquemas “creativos” para sobrevivir. El discurso oficial culpa a los empresarios. La realidad es que el modelo castiga al que intenta formalizarse.
Celebrar récords en este contexto no solo es irresponsable; es peligroso. Genera una falsa sensación de avance mientras se erosiona la base productiva del empleo. México no tiene un problema de voluntad laboral. Tiene un problema de incentivos mal diseñados.
Si no hay un giro profundo —menos trámites, menor costo marginal de contratación, incentivos reales a la inversión y una integración seria de las plataformas al trabajo verdaderamente decente— el país seguirá acumulando cifras vacías. Más registros, menos oportunidades. Más propaganda, menos empleo real.
El verdadero récord de 2025 no es el empleo formal. Es la capacidad del Estado para convertir el estancamiento en discurso de éxito.



