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Guadalajara y sus “arreglitos”

Por Abril de María Ledesma Zermeño

Arquitecta y abogada

Doctoranda en Hábitat y Sustentabilidad

Guadalajara cumple 484 años y, como quien se asoma al espejo con una mezcla de orgullo y pudor, confirma que el tiempo no solo pasa: se nota. Su reflejo le ha provocado algún grado de dismorfia que le ha llevado a practicarse algunos “arreglitos”. Al igual que algunas otras ciudades, ha ido persiguiendo estándares de belleza extranjeros para verse más fresca, juvenil y sentirse empoderada. Además, a sabiendas de que recibirá visitas, ha usado una buena capa de maquillaje de forma precipitada, aunque sabe que su cara lavada volverá a salir a la luz una vez terminada la fiesta de la que será anfitriona, aunque no por su cumpleaños.

Algunos de los cambios practicados han sido discretos y percibidos como una afortunada genética; otros han sido descarados y hasta grotescos. Todo sea por renovarse y parecer más “atractiva”. La pregunta incómoda no es si una ciudad debe cambiar —una ciudad viva cambia—, sino qué cambios elige, por qué los decide y qué deja de cuidar mientras invierte en la nueva apariencia.

Quizá el cambio más visible de los últimos años ha sido el de intervenirse invasivamente para hacerse más alta. Una transformación que, con cirugías urbanas complejas y costosas, pero sobre todo dolorosas y molestas, han ido alterando las proporciones de Guadalajara que algunas generaciones alcanzamos a conocer, ya con algunas imperfecciones sí, pero todavía reconocible. Testigos de sus formas originales no queda nadie. Lo que permanece son imágenes y recuerdos cada vez más fragmentados en la memoria colectiva; relatos familiares y fotografías guardadas como evidencia de sus otras proporciones.

El gran contraste entre la Guadalajara “chaparrita” y la que ahora avanza en zancos no tendría por qué ser doloroso si el cambio viniera acompañado de una lógica de cuidado, coherencia y responsabilidad, pero no siempre ha sido así. No todas las intervenciones han obedecido a decisiones informadas y conscientes de sus implicaciones y riesgos; ni todas han sido llevadas a cabo por los mejores y más preparados. A veces se ha encontrado con mercenarios que solo buscaban beneficiarse.

El aniversario de Guadalajara debería servir para mirar más allá del maquillaje. Para reconocer que la cara de la ciudad no la hacen solo las obras grandes y vistosas que cambian masivamente su corporeidad. También la hacen las decisiones pequeñas: el árbol que se cuida, la banqueta que se repara, la calle que se conserva, la buena señalética que nos guía, el espacio público limpio que promueve la convivencia y la cohesión social y que con ello hace que notemos que la ciudad nos sonríe y nos obliga a sonreírle de regreso.

Aunque Guadalajara se ha practicado cirugías urbanas altamente invasivas no solo para aumentar su estatura sino su volumen, es la acumulación de acciones pequeñas -o de omisiones- repetidas y aparentemente inocuas las que han derivado en cambios que reformaron —o deformaron— de manera irreversible el cuerpo de la ciudad. Ahí es donde el espejo se vuelve incómodo: el deterioro rara vez llega como una catástrofe súbita; llega como costumbre. Un árbol que se remueve y desaparece deja una cicatriz a la que nos habituamos. Un paso peatonal que se fragmenta como la piel arrugada a la que nos resignamos, fachadas sin personalidad que reflejan con sus cristales otros horrores con los que convivimos como una mancha de la piel que nos molesta pero que ya no podemos remover.

A pesar del esfuerzo por rejuvenecer que ha venido haciendo Guadalajara a base de rellenos, prótesis e injertos en sus tejidos originales -con la inversión económica y los tiempos de recuperación que ello implica-, la deshidratación de su territorio, la flacidez de sus tejidos urbanos y sociales, y ciertos defectos congénitos que el paso de los años vuelve  más notorios, no solo delatan  sus 484 años de existencia en su ubicación actual, sino su vulnerabilidad ante los charlatanes que le han prometido que se vería cada vez mejor si aceptaba pagar el precio, pero que no le advirtieron sobre las consecuencias sobre su salud social, urbana y ambiental de tanto procedimiento realizado hasta ahora.

Los cambios que parecían prometedores y no resultaron no son lo más grave en este cumpleaños donde Guadalajara tiene nuevamente la oportunidad de evaluarse frente al espejo. Lo verdaderamente delicado es que las cicatrices que van quedando de tantos “arreglitos” ya no sorprenden ni a ella ni a nosotros que la estamos festejando. Callamos ante los daños derivados de sus derroches y sus actitudes temerarias y hacemos la vista gorda ante los riesgos que corre con cada intervención mayor, porque sabemos que renovarse sin considerar que esa intervención no sustituye los cuidados diarios no es rejuvenecimiento, sino irresponsabilidad. No porque transformar sea malo, sino porque hacerlo sin capacidad de mantenerlo es una forma de negación y en una ciudad, esa negación se traduce en costos reales para quienes la habitan donde la convivencia cotidiana con el desgaste y el deterioro se vuelve normal. Como habitantes, terminamos siendo el mal amigo que no te dice que traes algo en el diente.

El aniversario de Guadalajara debería servir para mirar más allá del maquillaje. Para reconocer que la cara de la ciudad no la hacen solo las obras grandes y vistosas que cambian masivamente su corporeidad. También la hacen las decisiones pequeñas: el árbol que se cuida, la banqueta que se repara, la calle que se conserva, la buena señalética que nos guía, el espacio público limpio que promueve la convivencia y la cohesión social y que con ello hace que notemos que la ciudad nos sonríe y nos obliga a sonreírle de regreso. Si de verdad se desea una transformación duradera para la nuestra cumpleañera, el camino más seguro no siempre es la intervención espectacular, sino el del cuidado disciplinado y sostenido, porque una ciudad para ser atractiva ha de ser habitable y para ello no se precisa presumir o aparentar juventud, sino practicar cuidados y mantener la salud con responsabilidad.

 

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